jueves, 28 de abril de 2011

Presentación Abril

Apertura y clausura de la metafísica en el pensamiento de Macedonio Fernández

de

Dante Aimino



29 de abril - 19:30 hs
Casa de pepino
(Belgrano y Fructuoso Rivera)



Donde está la salvación crece el peligro

Nunca tuve la ciencia ni la paciencia requeridas por las cuestiones metafísicas(o por esa sola cuestión a la que José Ramón Pérez llamaba ‘’la cuestión de la metafísica’’), y me evadía de ellas, o de Ella, por medio del humor o de la poesía; mi vanidad imaginaba que lo mismo había hecho Macedonio Fernández y le otorgaba la mayor simpatía. Pero no es la primera vez que advierto –o me hacen advertir-  que las cosas suelen transitar caminos poco favorecidos por mi imaginación. Y hoy la advertencia proviene de esta ‘Apertura y clausura de la metafísica en el pensamiento de Macedonio Fernández’, tesis doctoral summa cum laude debida a Dante Aimino, que tengo el honor de presentar.
Insisto en que carezco de la sutileza necesaria para salir airoso de los laberintos metafísicos, esas notables arquitecturas de palabras que vienen y van sin rumbo aparente, y que son miradas con admiración al menos tantas veces como son apartadas con desdén, y por esta razón agradezco a este Dante que se haya transfigurado en un Virgilio capaz de guiarme, de guiarnos, por tales resbaladizos círculos. La alusión al Infierno y al Purgatorio corre por mi cuenta, ya que Macedonio entendía la metafísica como favorable a la felicidad (y así lo destaca su docto comentarista), estadio semejante al Paraíso donde nuestros pasos siguen los de la inefable y epónima Beatriz, en tanto que yo, por el contrario, aunque en la misma cuerda y tal vez en oculta armonía con esa proposición, toda mi vida me he sentido próximo al pensamiento de Borges según el cual la felicidad entraña una interrupción en el estudio de la metafísica, suficiente pero no necesaria en cuanto la infelicidad no es incompatible con la falta de preparación metafísica y necesaria pero no suficiente en cuanto abundan fidedignos testimonios de tristeza metafísica.
De dos o tres rasgos carece la metafísica, y estas carencias, propuestas y alabadas por la mayoría de los metafísicos, son las que producen las perplejidades que alimentan mi impaciencia y mi ignorancia. La metafísica, mal que le pese a los aristotélicos carece de sistema, y mal que le pese a los hegelianos carece de historia y, por esto mismo, no deja esquicios para la incertidumbre y la crítica, y entonces el espacio de su presencia, su claridad, tiene el paradójico aspecto de un museo de eternidades, eternidades que sus detractores suelen llamar anacronismos. Sirva esto para tomar conciencia de las dificultades asumidas por Aimino, quien por exigencias de su investigación debía situar históricamente el problema o bien ubicarlo en un esquema conceptual, o bien hacer una y otra cosa, además de apuntar las incertidumbres que motivaban su curiosidad y su intención crítica, porque la prueba de una tesis ha de consistir en un argumento, sea en el sentido de una narración histórica o genealógica o de una relación entre conceptos o de una combinación de esto y aquello, y ha de responder al intríngulis suscitado por alguna anomalía en el orden temporal o lógico de los acontecimientos. Si bien por una parte el tesista tenía allí  un par metáforas magníficas para su asunto: un ‘Museo de novela de la Eterna’ y un autor que escribía de tal modo que el lector de seguido leyera de salteado y el lector de salteado leyera de seguido, por otra parte ese mismo decir, ese intrincado estilo afecto a los entre dichos y a los contra dichos, no menos humorístico que irónico ni menos poético que metafísico o crítico, en un maestro de prestidigitación verbal tan hábil en la polémica como diestro en el ocultamiento de fuentes, capaz de darse por nacido en el mismo instante que el mundo, desplegaba toda clase de fuegos artificiales y maniobras de distracción ante la vocación hermenéutica.
El principio y el fin, la apertura y la clausura, entendidos de manera absoluta, sin antecedentes y sin consecuencias constituyen el propósito a mi juicio inalcanzable de la metafísica; y así pareció entenderlo el autor de los textos que dieron origen posteriormente, por obra y gracia de un bibliotecario, al nombre de metafísica; es sabido que Aristóteles la llamó filosofía primera, protofilosofía, y ciencia subjetiva y objetiva de Dios, a la par que reconocía no ser el primero en filosofar y apuntaba que lo primero y lo último son relativos y que lo primero en el orden del ser es lo último en el orden del conocimiento y viceversa, por lo que la ciencia que se busca temprana es la que llega tardía. De allí que Aimino, en paralelo con la crónica de su inquietud por el tema de su tesis haya propuesto la crónica de la cuestión metafísica en el pensamiento de Macedonio Fernández y la crónica de este pensamiento en relación con sus precursores, sus contemporáneos y sus sucesores, para lo cual ha debido también proponer, exponer y entramar una colección de conceptos, un sistema que nos haga seguir, o leer de seguido, la rapsodia metafísica de Macedonio Fernández.
El sistema de Aimino no es, creo, un sistema de metafísica, que sería, de serlo, ‘el Sistema de la Metafísica’, sino un sistema de lectura de una expresión metafísica, una traslación a un ámbito de inteligibilidad de una experiencia cuasi mística, una meditación del misterio en que puede sumirnos el suponer un sentido absoluto de las palabras. Dos revelaciones, o como podría decirse, dos apocalipsis, me son insinuadas o sugeridas por estas noticias que conmueven mi barbarie, mi extranjería en estas regiones, y las expongo con una sensación mucho más aguda del riesgo que me ha acompañado a lo largo de todo mi discurso, pero que percibo ahora como el inminente peligro de caer, o haber caído, en la obviedad o en el sinsentido. Una es la idea –la figura o la imagen- de que apertura y clausura referidas a la metafísica son uno y lo mismo, que la conjunción no es meramente gramatical, sino que es la marca lingüística de una identidad ontológica. Otra, asociada con la primera, es de que la Metafísica, ella misma, se abre y se cierra cada vez por completo, sin fisura alguna, como una esfera inmóvil o como un torbellino incesante (imágenes, nadie lo ignora, insuficientes y contradictorias) y las cronologías al igual que las conceptualizaciones, y sus mutuas discrepancias y negaciones son ejercicios hacia esa meta que es su punto de partida.
En lo personal estos descubrimientos, que no alteran mi admiración por Aimino y favorecen el elogio de su obra, no dejan de provocarme una insondable incomodidad existencial (pero he leído por ahí que es obligación de los filósofos hacer que los hombres, en especial los que pasan por filósofos, se sientan incómodos) y mi Unheimlichkeitconsiste en no haber advertido que cuando imaginaba evadirme de la metafísica a través del humor y de la poesía no hacía eso, o no hacía sólo eso, sino lo contrario, o también lo contrario, y derivaba o caía hacia el corazón de la metafísica. Por lo que pregunto, ¿si esto es lo que ha logrado Aimino en la mente de un extranjero, tal vez un bárbaro hostil a la metafísica, que no logrará en ánimos más calificados y mejor predispuestos? Y concluyo con la afirmación de que sea cual sea la calificación y el ánimo del lector, con tal de que sea un lector calificado y animoso encontrará en las páginas de este libro el testimonio de, y la preparación para una singular aventura intelectual.
Daniel Vera
Córdoba 2011.

Reediciones: Yves Bonnefoy - Sobre el origen y el sentido

jueves, 14 de abril de 2011

lunes, 28 de marzo de 2011

martes, 15 de marzo de 2011

Reediciones: Yukio Mishima - El Sol y el Acero



Yukio Mishima (1925 - 1970) fue sembrando sus libros de drásticas señales que hablan de esa muerte voluntaria planeada al abrigo de una teatralidad  sofocante. Que derrocha provocación, estruendosa bufonería y anhelos de ásperas reivindicaciones políticas.
"Abandonar la literatura o abandonar la vida real", escribió pocos meses antes de practicarse el seppuku
He allí los dos términos de un dilema falaz pues ambos se cumplieron al mismo tiempo. Sin embargo, bajo la capa de la premeditación y frialdad, no cuesta demasiado advertir la existencia de un descontento trazado mediante esos progresivos contrapuntos entre la realidad y las palabras que el propio Mishima, devorado por la avidez de un desenlace cada vez más inminente, se ha propuesto impulsar. El sol y el acero aunque no es el único libro que los convoca, sí es el que elabora sus movimientos más raudos y exacerbados. Hasta el extremo de que su autor lo convirtió en una extraña máquina capaz de conducirlo, mediante oleadas de razonamiento tan perentorios como rigurosos, al acto final.


                                                                                                                   Antonio Oviedo

jueves, 24 de febrero de 2011

Sobre "Línea de Atlas" de Mariana Robles



Luminosa Simetría
Si mal no recuerdo son las obras del 2007 o 2008
Mariana bordó junto a su madre ese verano
la que ahora observo sin saber su nombre
tiene el marco delgado y claro.
Es de un tamaño mediano de aproximados 25 por 60 cm
y su fondo oscuro evoca un paisaje japonés.
Un extraño paisaje oriental por la composición y colorido.
El bordado combina las puntadas largas
con una variedad diminuta
que logra en el contraste
el efecto de la espuma o la puntilla.
En la base se destacan tres conjuntos de variada geometría
turquesas y rojos, amarillos y blancos, fucsias y verdes.
Cubos desplegados
provenientes de una ciencia anterior a las mediciones.
Figuras que se curvan y se aflojan
dibujadas sin reglas
obedientes al temperamento de los hilos.
Ese primer plano horizontal en la noche del fondo
anuncia la vigencia de una realidad cercana pero poco conocida.
Las formas sólo un recuerdo, otra imagen de aquella.
Quebrados
extendidos
unidos por los vértices y la casualidad.
De este universo geométrico nace, se desprende
crece en equilibrio y de las mismas hebras, otro.
Reflejo del primero y orgánico a la vez
en lo que podríamos denominar un segundo plano.
Como sueños, emanaciones de la geometría
desprendimientos de ella.
Nacen de a pares y diferentes sobre la unidad del fondo negro
En lo reconocible de una imaginería
que el zurcido aplica sobre la tela.
Es un riesgo pensar que se trata de una figura femenina
la que ocupa el centro de la escena.
Sin embargo es la tejedora
mujer insecto
la que con sus antenas inclinadas hacia delante
no se diferencia de esa trama donde nada es completo ni definitivo.
Estoy tejiendo esa madeja
lunática planta de colores
Dice Mariana en su poema Invención de un rosal
Y desnuda este proceso en vías de mudanza
lo hace visible a través de las formas en su propio sistema de reciprocidades.
La tejedora sigue atenta y prolija cada fase
los ciclos de la floración
mientras el paso de la aguja
desgarra y une las diminutas redes que el bordado tensa.
En esa antigua manera de poner en relación aquellos elementos de diferente orden puede tener su origen la capacidad de crear y transformar este mundo familiar y cercano en otro alucinante.
En mi infancia, todas las mujeres de la casa manejaban la aguja.
Siempre me han fascinado las agujas, su poder mágico.
Utilizamos la aguja para arreglar algo que se ha estropeado.
Es una invocación al perdón.
Dice Louise Bourgeois y su relato une las experiencias de niñez y juventud al bordar junto a su madre con su última serie de bordados, realizada con más de 90 años.
En tal sentido, el instrumento y la técnica amplifican los resultados y otorgan a ese todo un carácter de profunda humanidad en sí mismo. Reparación y perdón acciones hermanadas que anhelan restaurar lo que se ha perdido.
Una fórmula para captar lo acabado en lo inacabado reivindica de algún modo los procesos en su movilidad.
Mariana cruza la línea de la imagen hacia la palabra en este libro de poemas que ha llamado Línea de atlas, desde el cual continúa y expande un sistema propio de recolección y lectura de los datos que la realidad le aporta.
Bordadora botánica poeta
elabora una teoría de lo múltiple que en el trayecto de lo literal al sueño logra sintetizar una manera de habitar en la frontera de lo cercano.
Pasábamos a otros mundos por las cosas
a mirar con una lupa encendida y creí que vendrías
y recorreríamos el cielo, buscando un lugar.

Estamos entonces
ante un cuaderno de ejercicios de la percepción
o
ante un incipiente mapa para transitar el sueño de la pérdida
Ella dice:
Estoy bordando una manta
para cubrir el patio
y le salía la noche
con árboles precisos
estirándose al margen
y entonces vernos
cuando acabe la geografía.
Del bordado a la escritura o seguramente
de manera simultánea
se mueve la artista para iluminar las coincidencias.
Cito del poema Transparencias antiguas
De viaje alimentada
por las manos de un ángel
larga y fría una mujer en el sendero frutal
olores de tierra, de humedad
nace un cuerpo transparente
los pájaros cruzan las ventanas
y el mundo entero es una línea imperceptible
que nos atraviesa el corazón.
Línea de un atlas imaginario.
Necesario para desplazarnos en este universo personal
que encuentra inspiración en esa variedad sin límites de lo feérico
puerta de ingreso al tiempo que vuelve por momentos a la infancia
donde el juego, el sueño, lo terrible
integran esa suerte de estado
primero y frágil
muy cercano a la noción de un edén que se agrieta irremediablemente
Cito el poema del poema Final de la siesta
Todas esas flores marchitas
en luna abren el petalaje a la montaña
y esconden los signos del sueño.
Cuando era niña miraba collares de perlas
imitaciones baratas de un ámbar dorado y puntiagudo
allí culmina el puente que une
mis primeras visiones.
Floraciones elegíacas cierra o tal vez es el principio de esta segunda colección de poemas que componen este libro o herbario donde la oscuridad toma ya la forma de en un tapizado transparente.
De atrás hacia delante el conjunto vuelve sobre los pasos de una frase fúnebre.
Las floraciones se unen al lamento y a la pérdida en una suerte de fiesta íntima
de altar de lo amado en la memoria.
Sobre los túneles
las grietas
la sequedad de la tierra en invierno o en verano
alguna gota se desprende y se ilumina
con papeles recortados
tiras de género
o con círculos dibujados en el aire
el patio se reanima ante el nuevo decorado que trae la muerte
Cito
Una y otra tiras de telas, copas de piel, cilindros rotos
alambrados de plegarias en papeles rodeando los patios
escondida una mujer con su dedo dibuja al aire
pequeños círculos para adornar la noche
son apariciones vegetales
habitáculos de aire donde se acumula el tiempo
allí decorando los jardines flotan los muertos.
Las estaciones en este punto se tornan artificios que reproducen las fisuras.
La inquietante floración de las matas al llegar la primavera sólo reiteran el olvido.
Cito
Disfrazado sobre las ramas del ciruelo las flores
tristemente ordenadas al frío y con su viento
el eco fue un rapto de semillas, de arenas
más tarde, caerían todas sus plumas frutales
estación detenida por donde se abren paso los muertos.
Es a este altar al que Mariana regresa para bordar como su madre
o al lado de ella.
Vuela la aguja sobre el fondo oscuro
cruzan hilos fosforescentes, profusos e irregulares
puntadas sobre la tela para tocar las frutas y las flores
su corazón de cereza o de pájaro
Cito
Ana desemboca en el fuego
María alimenta las palomas.
Exactas sobre la tarde guardan mustias del bordado
descubren murallas
invaden un horizonte paralelo.
Los ornamentos de la frase, las finas hebras
los detalles que componen cada cuadro
multiplican una y otra vez los ecos vegetales
de un paraíso lejano.
Cito
Hacia el pantano paseamos de la mano
el mundo se desdobla yo mil veces yo
dos veces desdoblada me imagino desaparecer.
Una línea de atlas es la marca en un limbo
Claudia Santanera
Córdoba noviembre de 2010




Revista Ñ
12-02-2011

lunes, 20 de diciembre de 2010

Novedades: "Duda Patrón" de Federico Spoliansky



29 de Noviembre. Biblioteca Nacional.

En homenaje a la escritora Hebe Solves se presentó: DUDA PATRÓN, de Federico Spoliansky.
Leyeron: Paulina Vinderman, Susana Szwarc, Natasha Litvinova y Serguei Nikiforov.


Toma la ballesta sin saber qué es la caza, es bailarín. Escondido en un palco observo cómo organiza un bosque sobre el escenario. Un bosque no es territorio mudo, es un puente colgante sobre el dosel de los árboles, una cerda sobre el labio, un colmillo en el mentón. Las zapatillas de baile se hacen oír sobre el caucho, embiste la espada, touché, sólo es baile si es bongó. Una luciérnaga cosida en las puntas trae luz a una madriguera que jamás se hubiera podido vislumbrar. El bailarín cierra el acto rodeando el lago, ya no estoy reclinado, ahora soy un eucalipto, dejo que me parasite.


Me gusta el trote del caballo, la esclavitud de la arena, los collares de Birmania. Siempre que entro en detalles lo hago mal. Si en lugar de escribir cantara liberaría a las mujeres cuello de jirafa, al caballo del bozal. Dejaría a los párpados caer sobre las fundas, sería un níspero, una palta o la cáscara de un coco, no detendría la soberanía del viento. Quedaría el agua, los restos del día, las torpezas del día son el día, no sería necesario desterrarse.
Da miedo pensar que un bozal o una ristra de collares puedan impedir el trote.
Ser testigo.

Habla de la enfermedad en tercera persona.
Los sobrevivientes quieren volver, escapan del refugio, la paz es tan incómoda que se suicidan para confirmar la explosión, buscan estar a solas con ella, vivirla una vez más en el cuerpo, el mundo que conocen permanece en ese abril. Piden volver, no al lugar, al hacinamiento que los sorprendió dormidos. Aman la tierra natal, tropeles de plomo y cobre suben por los aljibes. Algunos han quemado sábanas, se han arrojado alcohol, encendido el cuerpo y salamandras para volver. Volver y que se reavive la Ucrania del útero radioactivo. Otros imitan la ceguera de los pájaros, el balido de los ciervos, las náuseas prosperan debajo de los pies. El casco urbano que una vez los albergó habita postales de saqueadores y aventureros. No se vacía el refugio por las muertes, el recambio de comarcas devuelve gritos a los territorios del borde, el poder los ha transformado en mendigos, a gusto en la miseria.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Presentaciones Diciembre

Alción Editora

tiene el agrado de invitar al cierre de su año editorial

y a la presentación de

Los nombres del fantasma

de

Carlos Surghi

(1er Premio Fondo Nacional de las Artes 2009 – Ensayo)



El banQuete Nº 10


Presentan: Cecilia Pacella – Flavio Lopresti

Miércoles 15 de diciembre de 2010

19:30 hs.

Centro Cultural España Córdoba

Entre Ríos 40

Córdoba – Argentina


Presentaciones Diciembre

Alción Editora

tiene el agrado de invitar a Ud./Uds a la presentación de

La Academia de Piatock

de

Alberto Szpunberg


el orfanato

de

María Malusardi





Participan: Ciro Bustos, Dany Goldman y Paulina Vinderman

Sábado 11 de diciembre

17 hs.

Biblioteca Nacional - Sala Juan L. Ortiz

Agüero 2502

Buenos Aires - Argentina

martes, 7 de diciembre de 2010

Presentaciones Diciembre

Alción Editora
tiene el agrado de invitar a Ud/Uds a la presentación de


Frágil memoria de muertos - La chica del volcán - Confesiones impersonales
Diego Tatián - Silvio Mattoni - Carlos Schilling


Viernes 10 de diciembre - 19 hs.

Biblioteca Nacional - Sala Juan L. Ortíz
Agüero 2502
Buenos Aires - Argentina


Participan: María Pía López, Anahí Mallol y Marcelo Damiani

miércoles, 24 de noviembre de 2010

jueves, 18 de noviembre de 2010

Sobre "Un bosque oriental"


Un bosque oriental de Silvina Mercadal.
Esta tarde quiero presentarles un nuevo libro de Silvina Mercadal y para iniciar este breve recorrido, que pretende ser una invitación a visitar ese paisaje que ante la sola evocación del título, poblamos de verdes y de murmullos, de intensidades que acuden a la superficie desnuda de la piel, es necesario adentrarse, abandonarse en la espesura de ese llamado que invariablemente se ofrece al peligro de extraviarse.
Estas páginas ejercen un magnetismo que atrapa en un sentido doble: el ideal, el de la lectura que instintivamente abriga la ilusión de abrirse paso entre los silencios de lo dicho y, el otro, el real, el de haber sido arrebatados por la verdura entrelazada de un bosque que habla y que respira, una umbría palpitante que guarda en la humedad de su cúpula impenetrable la acechanza de los caminos no marcados, la tentación del abandono al tanteo gozoso y terrible de las formas desconocidas.
Una entrada al bosque. Perdida. ¿Quién puede ser sino una niña la que se adentra en la enramada, la que se hunde en el espesamiento súbito de todo lo ligero, en el borramiento de los límites que anula toda posibilidad de pasar del otro lado? ¿Es posible avanzar acaso hurtando furtivamente unas señales, arrancando un puñado de hierbas que permita reconocer el sendero, convertir esa desazón en sabiduría, desparramar unas migas como los niños del cuento?, leo:
Y para salir
nada mejor que entrar
en el puro límite
hasta torcerlo
Y allí es donde el camino se estremece nuevamente para cambiar de forma, para volver a perdernos en ese linde que parecía ofrecer la transparencia de lo que salva, la menuda hierba-antídoto que deberíamos reconocer para la ponzoña de las diminutas fieras, justo a la entrada de la trampa golosa de sus guaridas.
A medida que el apacible jardín se ensombrece, una Ariadna improvisada desovilla confiada su hilo y se pierde, como si ese vínculo que la conecta con la vida, con el sentido que prolifera fuera de ese laberinto sin muros ni fosos ni escaleras no pudiera cortarse, no pudiera enmarañarse lo suficiente como para borrarse, convertido él mismo en otro signo ininteligible. Se pierde porque se pierde, se busca sin saber qué.
Con sabiduría la voz de los poemas nos advierte: “es fácil perderse en la espesura de lo nunca domesticado”, y esas palabras guardan como un oráculo la sombra que gasta en círculos la región conocida del miedo, de la pena, de la pérdida que pierde hasta la memoria de esa errancia en las regiones pantanosas de la lengua.
Un bosque oriental ofrece su radiante entrada en un solo sentido de circulación: la del extravío, la de la pérdida cuando lo que se pierde es uno mismo bogando entre las vagas señales de una densidad insondable. No hay muchas más señas que indiquen la salida porque, si existe, esa puerta puede escribirse súbitamente como una fe en el afuera, como una espera, ansiada pero demorada, del desenmarañamiento de la fronda. La espera misma crea una distancia que no se desvanece en el avance, una meta que se posterga en el deseo mismo de perderse. O quizás la salida no se encuentra sino que nos encuentra, cuando el bosque mismo desecha por fin los huesitos del cuerpo devorado, consumido por las ansias de insectos de agudo pico, de patas innúmeras. Bichitos de irisadas alas, reptiles de portentosa piel escrita, aquí y allá llevan signos que se transforman: significantes de lo monstruoso que se retuercen hasta estallar en una nueva forma, en una especie nueva que parafrasea el miedo que se evade en líneas supletorias hacia su más allá sin retorno.
Comienza el cuento cuando el linde del bosque toca con su ramaje lo que está afuera de su afuera: la historia de un bosque rayano al espanto con sus linderos y arrabales nunca terminará de decirse. Cada rama que nos engaña con su forma, que nos pierde un poco más, es otro límite de extensión escasa en su manía de alejar lo que nunca va a ninguna parte. Partidas que no se emprenden, llegadas a las que no se llega.
Entre los versos se dilata un transcurrir de demoras y bifurcaciones de la niña perdida por senderos irregulares. El bosque es un territorio hostil para perderse, para ser arañado por filosas ramas que rozan y que dicen, que dibujan en la piel extraños signos, vagas letras de un solo trazo, indescifrables dibujitos de insectos tatuados en la piel, esas ininteligibles siluetas, especies cifradas cuyo trazo único oculta un mensaje que quizás, finalmente, nada diga, sino el vacío de la herida, su cicatriz, su marca ya indeleble; leo como en un arcano:
me detenía y comenzaba
a andar con el acertijo
rozando, no la respuesta
y perdida…
Este bosque como en los cuentos está lleno de peligros pero esa voluptuosidad de perderse existe siempre en el sentido recto del sendero y de la fábula. Aunque se encuentre mil veces bifurcado, el camino conduce siempre al claro, la vereda llega tarde o temprano hacia el reencuentro de todo lo perdido. En Un bosque oriental esta salvación ilusoria no es posible. La fronda se adensa a medida que se avanza pero no con la oscuridad de los signos sino con el incandescente resplandor de su vacío, con la creciente consternación ante lo que, aunque terrible, se abre plenamente a la desnudez de su desgarro. Sus lindes, siempre postergados, se abren al porvenir como la piel curtida de la presa, esa ganancia funesta de una pelea cuerpo a cuerpo con la mitad silvestre de todo.
Botánica y zoologíca, la historia imposible del bosque se escribe también más allá de la palabra, que permite prosperar en los bordes la corporalidad alucinada del signo que bien puede cundir en seres nuevos. Los grafismos de Mauro Cesari que acompañan el texto confirman que entre el signo vacío en su unicidad irreductible y el contorno caprichoso del insecto, del cuerpo indescifrable de la bestia diminuta, existe apenas la vacilación de un trazo, el azar inhumano de la vibración del pulso que todo lo trasforma y lo ofrece al vértigo de lo posible. Cada signo errático traduce en su idioma imposible la cifra de esa deuda, de una falla de la lengua que prolifera en la región boscosa del poema. Esa posibilidad de tocarse, de encontrarse en el vacío de los nombres otrora deplorados, se abre en el límite entre carne y mundo, con el punzón de ramas escribiendo sus señales: mensaje encriptado de su alteridad significante. Y aquí la escritura está más cerca de la humedad visceral de la vida que de la mera linguisticidad poética. En su carnalidad cercana a la biología más elemental, emerge un bosque de poemas, esa densidad para perderse y confundir el camino no siempre equivocadamente.
Cada nervadura se escribe en este nuevo herbario de especies petrificadas, cada frágil brizna es una señal difusa de la vida subterránea de todo. Y estas páginas son también un bestiario que remonta el recuento de la entomología fósil del cuerpo hacia su origen feroz, hacia el anonadamiento del bicho sumido en la enajenación voluptuosa de la sobrevivencia.
Lo agudo, lo erizado, lo encrespado, lo turbio de la lengua que hiere o acaricia con sus afilados aguijones es el poema. ¿Pérdida inesperada? Accidental o no, internarse en la espesura acaso no tan desconocida no debe ser leído sino como el escarceo verbal de ese sendero, la búsqueda constante de una amada sombra que hace tanto tiempo se perdió en la umbría que no basta despertarse para recordar desde cuando se la seguía.
La reciedumbre de ese follaje verbal hiere la piel hasta lacerarla, hasta escribirla como la máquina infernal del castigo soñada por Kafka, en pesadillas que traen guardias que no guardan, menudas bocas dispuestas a la depredación paciente, al saboreo deleitoso de la presa. Un sutil esqueleto de araña o de avispa sostiene la fragilidad vacilante de ese lenguaje bajo la bóveda omnívora de lo verde. Es el gruñido, el garabato, antes que la palabra, el signo vacío desatado a su plasticidad emergente, el mensaje desbaratado en su materialidad significante, significado hecho girones por las fauces del deseo, por la sola expectación de los delgados picos prestos a libar.
El cuerpo parlante le da voz al cuerpo animal y el resto es escama, pluma, colmillo, garra. La parte del todo se juega en un contrapunto de extravíos: la suave piel de la viandante parasitada por la fiera, por la infamia de lo que corre entre la maleza y no se deja ver; leo:
colibrí, iguana, culebra
fuga el cuerpo parlante
no en rigores sino en visión
alzado.
Ya casi a la salida podremos acaso ver una luz, rendirnos ante la evidencia de que en todo laberinto tendrá alguna vez que despuntar la claridad, dice un poema:
En los linderos cuelgan
pequeñas lámparas
puertas hechas
de un trance
abren caminos
en la maleza.
Los innumerables diminutos ojos de las pequeñas figuras, vegetales y bestiales, que se entrelazan entre los versos, como en el sueño premonitorio de Grandville, nos observan desde la espesura abovedada. ¿Cómo podremos advertirlos, deberemos doblegarnos a la vergüenza de sabernos perdidos y encontrados como niños de antes, pero más que antes? Esa acechanza es, estando abandonado en la floresta poética, una forma de felicidad verdadera. La vegetación tremolante de ese bosque, nos saluda.
Adriana Canseco.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

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lunes, 15 de noviembre de 2010