martes, 20 de mayo de 2014

Sobre "Ángel en llamas" de Daniel Vera por Carlos Schilling



Escrito para una futura civilización verista


Hay tantas puertas que se abren en la casa de la poesía de Daniel Vera que elegir una sola siempre genera una sensación de melancolía intelectual por las habitaciones, los pasillos, las galerías, los patios y los recovecos a los que podrían conducirnos las otras puertas. Y si bien se trata de una casa donde todo está conectado con todo y donde los espacios son reversibles, parecidos a esos dibujos de Escher en los que las escaleras aparecen simultáneamente del derecho y del revés, también es cierto que cada recorrido, cada lectura, cada interpretación, presenta un mapa distinto e incompleto de esa construcción paradójica.

Para más complejidad y placer mental, en esa casa de la poesía de Daniel Vera abundan los planos, los mapas, las brújulas, los instrumentos de orientación. Incluso, podría decirse que es una casa construida no a partir de un plano sino que su misma materia son los planos. Arquitectura y lección de arquitectura al mismo tiempo. Lo que no significa, sin embargo, que esta casa se reduzca al espectáculo de su propia construcción. Hay espejos, sí, muchísimos, pero tarde o temprano uno descubre en ellos un reflejo extraño, una distorsión de la imagen, una insinuación de extravío.

Finalidad sin fin, que es el nombre secular de este libro titulado Ángel en llamas, tiene para mí la particularidad de ser un fragmento de aerolito en la galaxia bibliográfica de Daniel Vera. Los poemas que contiene fueron escritos, al menos en sus primeras versiones, entre 1982 y 1985, es decir que se ubican entre Perífrasis griegas, publicado 1981 y Fundamento Hsin, publicado en 1987, y no sé por qué motivo permanecieron casi totalmente inéditos durante tanto tiempo.

Supongo que hubo una razón práctica relativa a la dificultad de publicar en Córdoba en la década de 1980; también una probable razón estética, asociada al hecho de que todos los libros de poesía de Daniel Vera publicados hasta ahora presentan un principio de coherencia formal o serial, mientras que este resulta mucho más heterogéneo temática y formalmente (si bien utiliza siempre el endecasílabo, hay muchos tipos de estrofas y las extensiones varían de manera considerable desde 2 a 101 versos).

Pero, abusando del lema poético que figura en el blog Tortugas y lentejas y que proviene de Fundamento Hsin, lo que “sin razón se dona y sin locura” puede ser recibido con tanta razón y tanta locura como tenga disponible el lector, intérprete, crítico o, es mi caso, poeta posterior, tardío e influenciado, en el exacto sentido que les da Harold Bloom a todos esos adjetivos.

Obviamente yo no puedo saber de qué manera leo mal a Daniel Vera en mis propios poemas. Sé que no lo leo como Antonio Oviedo, que escribió un prólogo magnífico para Fundamento Hsin, ni como Bernardo Schiavetta (quien fue, en su período de formalista icónico, el poeta más cercano y más lejano a la vez de Vera). Es precisamente esa incertidumbre, esa sospecha en la razonabilidad o la demencia de mi lectura, lo que siempre me provoca una incomodidad de epígono traidor.

Declarada, entonces, mi dudosa competencia, la inestable combinación de delirio e ingenio que es el combustible de mis interpretaciones, paso a proponer la idea de que Ángel en llamas o Finalidad sin fin no fue publicado hasta ahora, hasta esta época en que el júbilo de Vera coincide con su jubilación, porque a partir de sus poemas es posible dibujar el mapa más completo posible de ese enorme laberinto que es la casa de su poesía.

Siguiendo esa idea creo que deberíamos permitirnos trazar los planos de las habitaciones principales, a las que habría que catalogar, para uso de una futura civilización verista, como Vera literario, Vera filosófico, Vera político, Vera ético, Vera paradójico, etcétera. No lo voy hacer yo en esta presentación, aunque intentaré fijar algunos puntos que, unidos entre sí, podrían servir de coordenadas.

Antes, quisiera compartir con ustedes una meditación libre sobre lo que he llamado el título secular de Ángel en llamas: “Finalidad sin fin”. Esas tres palabras constituyen en sí mismas un poema: un heptasílabo circular, con triple rima interna, proeza digna de Rubén Darío, diría Carlos Argentino Daneri. La lectura silábica, ya lo veremos, nunca es inconducente en la poesía de Daniel Vera, menos aún si se tiene en cuenta esa especie de tratado de la sílaba que es Fundamento Hsin (título que rima en el tiempo con Finalidad sin fin).

Sin embargo, en mi primer acercamiento al libro, antes incluso de leer los poemas, fue el concepto de una finalidad sin fin lo que me produjo esa clase de vértigo interpretativo que es la forma íntima en que reconocemos una paradoja. La sensación era producto de traducir mentalmente “finalidad sin fin” como “propósito carente de propósito”. El heptasílabo se estiraba en un endecasílabo y mantenía la simetría, pero igual decía menos que el original.

La palabra mal traducida, ya se habrán dado cuenta, era “fin”. “Fin” significa “propósito”, pero también significa “final”. Como un traductor resignado, recurrí a la prosa: Finalidad sin fin: “propósito carente de propósito y de final”. La poesía sería entonces para Vera algo que se propone como carente de propósito y cuya misma propuesta implica no llegar nunca a lo que se propuso. Esta involuntaria parodia de pensamiento filosófico no debería ocultarnos la dinámica interna de esa tensión y contradicción entre finalidad y fin. No hay nada estático, nada inmóvil. En términos mecánicos, el poema equivaldría a una máquina de movimiento perpetuo.

Sólo por cábala, quise darle una vuelta más a este espiral de sentidos y vi que si les agregamos unas comillas imaginarias a las palabras “finalidad” y “fin”, es decir, si no las leemos por sus significados sino por su materialidad gráfica y sonora, y tal como sugiere el sin le restamos la partícula “fin” a “finalidad”, lo que queda es “alidad”, una palabra que no existe en español, pero que bien podría ser el sustantivo abstracto de “ala”. Semejante interpretación, que podría parecer un absoluto delirio en la lectura de cualquier otro poeta, no deja de ser plausible (y perdón por esta excursión biográfica) en un profesor de lógica habituado a hacer malabarismos con conceptos mucho más evanescentes, como “rojez” o “rojidad”, por ejemplo.

Me quedé con esa idea aleteando en mi cabeza hasta que llegué a los versos 96 y 97 del primer poema de Ángel en llamas, titulado precisamente “Finalidad sin fin”. Esos versos dicen: “Finalidad sin fin. Ala ligera/ Vuelo del ángel libre y temerario”. O sea que la bendita “alidad” -de esta variante en jerga poética del español- es en cierto modo lo que conecta el título real con el título secular del libro y produce la alianza del concepto con la imagen.

En las últimas páginas del libro, Vera nos auxilia con un texto no menos paradójicamente titulado “Prólogo o epílogo de 2012 para Finalidad sin fin”. Allí toma la palabra los que yo catalogo como el Vera político y el Vera filosófico, y dialoga, discute y debate con la tradición filosófica que o bien excluye a la poesía del conocimiento y de la justicia o bien la asimila a uno de los dos ámbitos. Los filósofos paradigmáticos de una y otra postura son Platón y Heidegger, respectivamente. El primero expulsa a los poetas de la República; el segundo supone que la palabra poética es la casa del ser.

La respuesta de Vera, pluralista, democrática y liberal, se hace eco del epígrafe de Marechal (“Otros dirán la guerra y sus metales./ Yo he desertado y cruzo la frontera/ Detrás de mi señora pensativa”) y como si volviera a trazar el círculo emblemático del movimiento perpetuo, dice: “La poesía, en cuanto tal la entiendo, no interpreta la realidad ni la transforma, sino que se toma vacaciones de ella, es la niebla de Auden o el descanso del caminante de Bioy Casares, en fin, la Finalidad sin Fin, el reposo del guerrero”.

Como les prometí, a continuación voy a fijar algunos puntos por donde podrían pasar las coordenadas que sirvan para trazar los planos de las principales habitaciones de la poesía de Daniel Vera, planos que como dije antes ya están dibujados en sus propios poemas y de forma eminente en los incluidos en Ángel en llamas. Hay que recordar que se trata de una construcción escheriana, paradójica, donde el derecho y el revés conviven y donde los espacios se interpenetran y generan una especie de vértigo geométrico.

El primer poema del libro y el más largo, “Finalidad sin Fin”, es en buena medida un precioso tratado de teología negativa, que avanza hacia una definición más abierta o hacia una indefinición absoluta de poesía a través de una serie de negaciones que a la vez se niegan a sí mismas. La segunda estrofa consiste en trece negaciones seguidas (“No tiene fin el ritmo del poema/ no camina con rumbo definido./ No busca la verdad ni nombra el ser/ No da razón del hombre ni del mundo”), y sigue hasta terminar en una paradoja “No niega por negar ni afirma nada”.

Creo que la poesía de Vera es una sostenida variación sobre esas trece negaciones iniciales. Sin embargo, este teólogo hipernegativo, que no asocia la poesía al ser ni al no ser ni a la potencia, es a la vez un filósofo de la pluralidad y, también un idealista de la poesía (pese a sí mismo). En la poderosamente antiaristotélica segunda parte de este primer poema, dice: “No opone las palabras y las cosas/ Ni confunde las cosas con palabras./ Se conjuga tan sólo con palabras/ que entre palabras crecen y florecen./ Que las cosas se entiendan con las cosas/ El alma con el alma. Dios con Dios/ Y el poema sin fin con el poema”. Pienso que este “cada cual a lo suyo” implícito viene no sólo a compensar todas las negaciones anteriores sino a sublimarlas en una plegaria a la multiplicidad. El “sin fin” es una forma de decir “infinito”, palabra que no por casualidad aparece justo al final del poema.

La autonomía de la poesía no implica, sin embargo, necesariamente su pureza temática, y Vera, que en muchos versos parece apuntar en esa dirección, no deja nunca de mancharla, ensuciarla y mezclarla con otros ámbitos, la filosofía, como ya vimos, la ética, la religión, la política, e incluso la salud, como en el bellísimo “Salmo para Agripina”, donde contradice retóricamente sus frecuentes declaraciones de impotencia o ineficacia de la poesía y exige: “Obedezca el dolor a las palabras/ Venga el aire a tu sangre plenamente./ En el nombre del verbo solicito/ que las huellas del frío se deshagan/ como un copo de nieve sobre el fuego”. La parodia a la poesía latina se diluye si uno tiene en mente Formas de la oración, por ejemplo, o más importante aún, si se piensa en la sintaxis latina que adquirirán los versos de Vera en los años posteriores y que en este libro ya se anuncia en una traducción y apropiación de la oda trigésima de Horacio, evidente en estos dos versos: “Seré memoria mientras exista Roma/ y anagrama de amor habite en ella”.

Otro anagrama de amor suena en el único poema autobiográfico del libro “La espera”, en el cual para mayor distanciamiento Vera habla de sí mismo en tercera persona y traza su itinerario espiritual, su camino de salvación: “La desesperación secó su sangre./ Se entregaba a poderes enemigos,/ Pero vino a salvarlo la ironía/ (O tal vez el humor), que contestó/ Riendo la melancólica pregunta:/ Ha de ser el amor, devuelto en mora”.

Uno de mis poemas preferidos del libro, tal vez porque marca mi punto de máxima afinidad ideológica con Vera, es “Ficción” (dividido en dos partes). Algunas vez titulé un ensayo sobre su poesía “Vera ficción” y ahora me encuentro con este poema donde Daniel imagina la escena originaria de la invención de una historia: “La historia es una historia que se cuenta/ Tal vez cerca del fuego y en invierno/ Con la alegre ironía de una broma./ Y trata (¿cómo no?) de un cementerio;/ A nadie, pues, desmentirán los muertos”. El momento crucial aparece en el penúltimo verso de la primera parte, cuando uno de los oyentes de la historia toma la palabra para decir “Yo imagino otra historia”.

Eso significa que no hay una sola versión de las cosas, no porque no exista algo parecido a la verdad o a los hechos, sino porque esa verdad o esos hechos no son lo que importa, lo que importa son las historias derivadas de ellos, lo que alimenta el ocio y la invención de los hombres. Si bien este poema particular se inscribe en el marco de la discusión de Vera con el Platón de la República, contiene una sutil deformación del mito de Prometeo que quiero destacar como la idea más plural de literatura que conozco: “Noche a noche los hombres se contaban/ Diferentes pasados y memorias./ Propagaban el fuego de las fábulas”. El fuego de las fábulas, la llama donde arde el ángel de este libro.



Pero no quiero terminar esta presentación sin darme el lujo de leer el breve tratado de cosmología en dos versos, titulado “Pericia”, que Daniel Vera ubica o disimula casi al final de este conjunto de poemas y que casi sin ocupar espacio en la página parece comprender todo el cielo nocturno: “Pericia en el manejo de los astros./ Ninguna estrella sale de su curso.


Carlos Schilling



sábado, 12 de abril de 2014

Comentario sobre "Templo de Pescadores" de Denise León





Domingo 05 de Enero de 2014/ Nuevo Diario web Santiago del Estero

“Templo de pescadores”
 es un libro extranjero, nacido del exilio, venido desde el fondo de un tiempo que siquiera podemos vislumbrar. Cada palabra alienta la sospecha de una voz subalterna, como si la palabra dentro de la palabra, la escrita y la que se conjetura sin enunciarse, una y otra, nombraran de un modo inconfesable el origen de la tristeza del mundo.

El epígrafe, Este libro es para tu boca —antes que una elusiva dedicatoria— es una tímida pero misericordiosa advertencia, salvo que cuando lo comprendemos es demasiado tarde para todo, ya que a esa altura el libro reside en nuestra memoria bajo la condición de un manuscrito que inexorablemente empuja a su infinita relectura.

A la manera de un médano que transmuta sin disgregarse, quedamos sometidos a esa vasta sucesión de imágenes cambiantes que hacen del texto una perfecta alegoría del desvelo. 
Antes dije un libro extranjero. Una lenta y dolorosa oración de despedida.

Asimismo, una especie de ceremonia inscripta en un mapa de bordes indefinidos que paradójicamente no postula un lugar, sino su ausencia. Voces pretéritas, reminiscencias infantiles, desasosegadas súplicas que a su pesar no ocultan la urgencia que las ilumina; así es como León sentencia el ocaso de la esperanza: una chispa, dice, un viento, una nada. Y en esa nada representada por la derrota de alguien que reza, mira, señala, como el último habitante de un vacío entre el mar y la tierra agostada, especie de testigo extraviado en la singular liturgia del poema, se dispara la confesión de que la oscuridad es el fondo constante del corazón, revelándonos que el testigo existe únicamente para la espera, la contemplación, o el equívoco milagro.

Un libro extranjero, afirmé, una lenta y dolorosa oración de despedida. También una errancia. El derrotero que en su aparente extravío esconde un pulso poético inefable, un orden impuesto por la sabia determinación de no violentar la lengua, extremándola para ello al punto de que se nos presenta como una plegaria apenas murmurada, León escribe Señor, pero entre ella y yo algo se ha roto y, más tarde, sin vacilar y sin temor: éramos un círculo de hierro. Y es cuando la luz crepuscular que irradia el libro nos persuade de que, como auguró un poeta egipcio en el confinamiento de su obra, “el mundo no puede bastarle a Dios, ni a nosotros”. Es acaso entonces así como debamos leer “Templo de pescadores”, de Denise León, con la conciencia de ese vacío: en el apartamiento y el silencio de nuestras pérdidas, estremecidos ante un libro tan íntimo y secreto, y abandonados a la intemperie de su implacable escritura.   

La autora 
Denise León nació en Tucumán, Argentina, en 1974, nieta de inmigrantes sefaradíes. Es Magíster en Lengua y Literatura y Doctora en Letras e Investigadora del Conicet (Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas). Ha publicado La historia de Bruria y numerosos ensayos en revistas nacionales e internacionales sobre literatura, poesía género y tradición judía en el siglo XX. Actualmente se desempeña como docente en las cátedras de Literatura Hispanoamericana II y Teoría de la Comunicación II en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina.

Ha publicado “Poemas de Estambul” (Alción, 2008), “El trayecto de la herida” (Alción, 2011), “El saco de Douglas” (Paradiso, 2011), “Templo de pescadores” (Alción, 2013) y “Sala de espera” (elCRUCEcartonero, 2013), y recibió el Premio Academia Argentina de Letras y la Beca Fulbright- Conicet (2011).

lunes, 7 de abril de 2014

Comentario sobre "Un detalle trivial" de María José Eyras



Por  Jorge Consiglio
Los narradores que usa María José Eyras en los relatos de Un detalle trivial parecen equilibristas. Los discursos transitan por una cuerda floja y cargan con la conciencia de que cualquier movimiento en falso bastaría para arrastrarlos al vacío. De allí que la incertidumbre funcione como clave en las inflexiones de su prosa –y de su prosodia−. Sus voces se alistan en la serenidad y en la cautela; no obstante, en los pliegues íntimos hierve, como un encrespado mar de fondo, el misterio de lo inacabado. En cada oración hay un doblez. Por una parte, se registra el transcurso simple del enunciado; por otra, la evidencia de una contención que atempera una voluptuosidad que aún ausente conserva vigencia. Este juego laborioso de tensiones es el que determina la temperatura y el tono de los textos. Los diez cuentos que conforman el libro son artefactos de riesgo, dispositivos que funcionan a alta presión cuyos puntos de fuga tienen que ver con la sensualidad y con la alternativa de una vida distinta.
En el cuento “Un detalle trivial”, una familia va pasar unos días a un pueblo de campo y no bien llegan el marido va a hacer compras en bicicleta y tarda más de lo que debería; en “Mundo cerrado”, Oscar, personal de seguridad de un barrio cerrado, espía a la esposa de uno de los vecinos; en “En el balneario”, Ángela veranea en una playa con su marido y sus hijos y recuerda a Miller, un profesor de Historia del Arte con el que acaba de iniciar un romance. En la mayoría de los cuentos de Un detalle trivial, se plantea un universo armonioso de límites estrictos que funciona como blindaje de amparo y felicidad; sin embargo, la intemperie externa, que supone siempre amenaza, más allá de su peligrosidad, resulta un foco constante de descompresión.    


Otras obras del autora: La maternidad sin máscaras

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Comentario matadura del rayo / Las reliquias en adn


Presentación Novela: Fundación Mítica de Las Ponce - Juan Enrique Solá



 Por Maresa Maldonado


“Los caminos que conducen a la literatura- decía el escritor Augusto Monterroso- pueden ser cortos y directos o largos y tortuosos. El deseo de seguir en ellos sin que necesariamente lo lleven a ningún sitio seguro, es lo que convierte al niño en escritor”. Y es ese fuerte deseo, al parecer, el que ha impulsado al autor a emprender su viaje en la hechura de esta novela. Desde esa “infancia recobrada a voluntad” de la que nos habla Baudelaire, en el Pintor de la Vida Moderna, que le permitirá disponer de la “suma de los materiales involuntariamente acumulados” con el asombro de un niño curioso. Con la serenidad de quien logró armonizar el sentimiento y la razón para contar lo que ha visto y ha escuchado. Para testimoniar lo vivido. Para mostrar, como en rayos X, cómo el afuera va penetrando en sus ojos y se producen las imágenes. Para, más tarde, entregar su mirada desde las luces, las sombras y el color, como síntesis de un proceso de adultez necesaria.

Lo que les contaré comenzó una tarde por los pasillos del Neuro. Nada es casual …

Con la risita pícara de un chico travieso, Juan Enrique Solá pronunció esta frase, mientras dejaba su novela entre mis manos:

“Si Borges se animó a hacerlo, ¿por qué no podría hacerlo yo?”

Él, claro está, se estaba refiriendo a la Fundación Mítica de Buenos Aires; pero ésta era la “Fundación Mítica de Las Ponce” lo que equivaldría a decir la “Fundación Mítica de Córdoba”. Debo admitir que el título desconcertó violentamente esos acostumbrados esquemas en que los mandatos racionales de la tradición, compulsivamente y casi de forma visceral, concurren para dirigirse a lo más tangible. Por ello traje a la memoria, de inmediato, aquella casa ubicada en algún lugar de Barrio Yapeyú de la que había oído hablar como de un cuento y que al evocar de muchos parroquianos, de éstos y de otros barrios cercanos, aún de los de más allá del Puente de la calle 24 de Septiembre, pasando el río, todavía provoca interés. También, cabe decir, alguna risa extraña al relatar ciertas anécdotas o sucedidos por aquellos lares. La fuerte presencia de aquel lugar hace suponer que, efectivamente, en los fondos traseros de la casa se gestaba y escribía una historia en el aire, cuyo alcance llega hasta nuestros días. La casa de las Ponce se diluyó en el tiempo y hasta hoy nadie había dado un testimonio por lo menos tan completo, tan detallado y rico sobre la génesis y la vida de una ciudad vista desde la mirilla de uno de sus más emblemáticos y misteriosos barrios. Testimonio de una pequeña (gran) historia dentro de otra historia, dentro de la historia. Y ello con todos los componentes de un relato que va más allá de contar algo sólo como un frío guión de sucesos que acontecieron en lo real y lo ficticio, para conectarse y adquirir total sentido desde lo que es intención y conciencia diseñar como marco conceptual, por parte del escritor, lo que en verdad le confiere valor a un oficio. Valor que va más allá de la mecánica de escribir con corrección para adquirir las características de un arte. Y desde este lugar, como al descuido, cronicar realidades que se entrecruzan y dispersan a través de un sinfín de diálogos, reflexiones, situaciones hilarantes y momentos absolutamente profundos que denotan la diversidad de pensares y haceres dentro de un pequeño grupo social, donde el conflicto ideológico, con sus peculiares características, está siempre presente. Cronicar -decía- desde la voz de un niño que crece al calor del sol de Barrio Yapeyú. Tiene curiosidad por el pasado y se conecta al presente a través de un estrecho vínculo afectivo con su abuelo, acercándose en esto de tantear la vida y aprender a reconocerla. “Fundación Mítica de las Ponce” tiene su propia sociología. De allí surge esta posibilidad de poder ser contada gracias al estrato de “Los Memoriosos” y de quienes se encargan de difundir esta memoria oral, como sujetos de esas vivencias, a las generaciones venideras. Tampoco faltan, como en todo tiempo y lugar, “Los Prudristes”, aquellos seres, que a contrapelo de los tiempos, fungen como detractores de cualquier tipo de cambios. Los que ponen los palos en la rueda en cualquier intento de construcción colectiva. Los moralistas a ultranza. Los que apelan a los dogmas del inmovilismo para que todo siga como, se supone, debe seguir. Y hay quienes reciben el nombre de “Soñamantes”. Son aquellos que, o bien hablan con la inteligencia del corazón, o cumplen, como Micaela Herrera, el sagrado legado de iniciar en las artes amorosas a los jóvenes varones del barrio. Algo que va más allá de lo puramente sexual, que no queda reducido sólo a la satisfacción de un instinto, sino que se dirige hacia ese lugar desconocido, amoroso y placentero que ofrece la vida. Legado éste que le ha sido asignado a Micaela Herrera por Don Juan Maldonado Quiroga: “milagrero por naturaleza y adivinero por vocación” cuyo único mobiliario doméstico son los libros. Que disfruta paseando en compañía de algún pensamiento por las riberas del Suquía. Del que no se sabe a ciencia cierta si alguna vez fue parido por mujer y que debe a su padre adoptivo esa bonhomía, tal vez por haberlo educado en el tesón del buey. Bonhomía con la que su persona es reconocida; consejero de pocas palabras, obsequiador de mieles. A él todos acuden cuando las vicisitudes, las obstinadas y absurdas razones, o las burocracias que se empeñan en imbricarse en las vidas simples de los ciudadanos de esa pequeña aldea en el barrio, afligen y atormentan. Juan Maldonado Quiroga es esa voz presente, aún sin que nadie sepa dónde está. Es la voz de la conciencia en la historia que escriben los hombres; con errores o aciertos, en el libre albedrío de sus decisiones. Tiene Don Juan Maldonado un noble contrincante con quien debatir y al que la vida dió razones para posicionarse como lo hace, encarnado en Severo Rustán.

En “Fundación Mítica de las Ponce”, el juego de bochas, el boxeo, el fútbol, las expediciones, la sanación, y aún las disquisiciones entre los vecinos, son estelas por donde fluye la sangre de un arte mayor: el de la vida. El de la pasión que contagiará al lector al descubrirse en ellas. En la pureza de las cosas aparentemente sencillas, antes de que las burocracias funcionales a un capitalismo cada vez más salvaje, que impone gustos, reglas y precios, nos aleje de lo intrínsecamente placentero. Nos aleje del arte de vivir sin código de barras. De la búsqueda de una estética cuya razón escapa a las razones, huyendo del camión de los caudales.

La novela de Juan Enrique Solá precipita en un punto: Barrio Yapeyú, como génesis y metáfora de nuestra Córdoba. “Córdoba de la Nueva Andalucía”. La que fue fundada por obra y gracia de la desobediencia y la rebeldía; pero también de la codicia. En el nombre de Dios y de los reyes de España, cuya gesta genocida de arremeter contra el infiel, dentro y más allá de sus fronteras, fue pretexto y fin en el intento de aniquilar una cultura. Juan Enriqué Solá da cuenta de ese pasado lejano; presente aún en el recuerdo y los resabios de la última dictadura cívico-militar y su borrasca. Con su registro de terror en el cuerpo y en el alma de Córdoba. Y no lo hace como algo aislado del marco estructural con que plantea su trabajo. Esta variable persiste y lucha constantemente desde el fondo de su escritura. Está presente en una retórica de varios tiempos. Que pasa de un castellano bellísimo, que al fluír con total naturalidad resulta grato leer en voz alta; hasta llegar a un cordobés básico perfecto, dicho con absoluta dignidad. En “Fundación Mítica de las Ponce” vive también esa Córdoba de la Nueva “Andalucía”, la que fue, es y será lugar por donde anda la Luz. Fuente de insurgencia. De conocimiento. Cocina de todo lo imposible. También de lo posible. De lo que discurre dentro de los confines del número 10. Entre el Sí y el No; y se detiene en el nueve como posibilidad del accionar humano. Por ésta Córdoba, por éste barrio olvidado en su desplazamiento ambicioso hacia el oeste, andan los pasos del poeta español León Felipe -sin ser casualidad-, cuando a conciencia, Juan Solá abre su Exordio con una de sus citas más ciertas y más bellas: “Yo sé además que entre el Viento y la Luz hay ciertos planes. He oído decir que entre el Viento y la Luz pueden convertir un gusano en mariposa”… En ello va un profundo reconocimiento al Poeta castellano-leonés, que entristecido por no haber tenido escuela ni ya casi tiempo para entrenarse en el arte que más amaba; tocar el violín como un virtuoso, salió de Zamora, España, a caminar por el mundo, (no en vano uno de sus nombres era “Camino”). Y así, entre el barro, el viento, el dolor físico y aún el del alma, al final de sus días tuvo la dicha de advertir que se había convertido en un virtuoso. Que había aprendido a tocar el violín caminando por el mundo entre los hombres.



Esta novela tiene solera. Ha reposado y ha seguido los soles y las tormentas necesarias para irse ganando la Luz. Es la que nos guiará hacia el significado de la voz guaraní “Yapeyú”: lugar donde nace el Viento. Lugar donde naciera el Libertador. Y no es casualidad; podría asegurarlo el mismísimo adivinero, Don Juan Maldonado Quiroga. Ese milagrero de todo lo imposible, el adivinero de todo lo que esté como posibilidad en manos de los hombres. Ése al que invocará tres veces, en la solemnidad de la noche, a orillas del Suquía, el niño que escribe esta crónica. Niño crecido que irá confundiéndose con ese autor. Escritor que culposo, tratará de no caer en brazos del pecado que tienta a los hombres libres, en contra de la ortodoxia. Pero que ciertamente vulnerará sus límites para jugarse con esa pasión con la que parece amar las cosas simples de la vida; los amigos a quienes nombra, el entrañable abuelo, los juegos… El empleo del tiempo no prefacturado ni ordenado en salones de alquiler. El arte de escribir-vivendo desde la patria chica de un Barrio Fundacional. Patria donde ha de volver, gastándose las últimas monedas, para tocar su origen de Viento y Luz. Y allí invocar tres veces, con el temblor de la esperanza, el nombre de Don Juan Maldonado Quiroga, para que nos sea concedida, quizás, nuestra última oportunidad de emanciparnos.                 


lunes, 4 de noviembre de 2013

Presentación de Ojo Astillado de Hugo F. Rivella



Presentación de Ojo Astillado de Hugo F. Rivella

Por  Juan Maldonado, 25 de octubre de 2013

Uno de los sentidos importantes que conforman la evidencia del juicio, el ojo, yace afectado en el portal de ingreso de este libro.

Astilladura del ojo padece quien vela y pasa, como en vuelo, por las páginas de este libro y disemina, en cada una de las piezas, aquello que puede ser tocado, visto, gozado y padecido. De pasiones se trata al fin la poesía, indagación inabarcable.

Que se privilegie un sentido para apoyarse y trazar el recorrido de un libro no quiere decir que la voz que recorre, en largas líneas, los poemas se limite solo a ver. Y paradoja, como debe ser, al fin y al cabo el libro se abre con un poema donde se dice:

Este libro es un laberinto con salida a la noche,

el pabellón del frío en donde el reo sepulta sus ojos

y le chillan los dientes con un ruido a monedas.

Estas tres líneas encierran, en sí mismas, una especie de contraguía hacia la comprensión, algo que complica ex profeso la posibilidad de leer de entrada el sentido, es decir, las líneas se armonizan con el concepto del laberinto: algo inextricable, naturalmente imprevisible. Se sabe, lo primero en un laberinto es la sensación de pérdida y si éste tiene salida a la noche la posibilidad de encuentro es remotísima, casi imposible, luego el reo sepulta sus ojos, esto es como una declaración de altísima resignación, es decir, una toma de posición ante el lugar y no cualquier lugar: estar ciego en un laberinto, a oscuras, totalmente desprotegido, a solas con su boca, una boca callada y un  extraño e indescifrable ruido que no puede saberse el significado pues se dice monedas, solamente monedas. Es un ruido a monedas.

Los enigmas que puede plantear cualquier poema son los ejes que en la escritura y en este género particularmente acecha, como una causa justa, y el borde donde se sitúa  permite el roce con aquellas intuiciones que asaltan la conciencia del hombre y amplían las posibilidades de comprensión de este fenómeno que es la expresión poética.

En Rivella, se sabe, hay un mundo variado y rico que se conforma desde la base de un origen que él rescata y exalta en su escritura: la provincia de la cual viene y forma su lengua musical y propia, más el agregado que va haciendo en su paso por el mundo, lecturas y experiencias de vida. Digamos, quizás Rivella ve y siente la  vida  como un manantial propicio, ante nada se niega su mano, él abre las líneas de cada poema y dispone su canto, a veces sencillo, otras más complejo y hondo, pero siempre afinado.

 Una de las claves más claras, distintivas digamos,  es la adhesión de la poética de Rivella a lo que se denomina el campo popular, su escritura toca el punto sensible desde donde no hay retornos, no deja atajos libres al escape, la apuesta poética estará siempre orientada a clavar el ojo, astillado o no, hacia el desventurado, leemos:

Al pie de la letra:

Se sacó al transeúnte de encima y se pintó los labios,
empujó al empresario y atragantó su boca,
el cura estaba tieso en la penumbra esperando su turno y la
bicoca de fornicar por catorce indulgencias y un rosario,
en la fila
el soldado y la matrona,
el perro del cuartel con su prestancia,
el ladrón con el pulso a contramano.

Nadie miraba a quien, sino el reloj lapidario de la espera.

Ella
había escrito en el techo:
“Ganarás el pan con el sudor de tus nalgas”.

Volvemos, entonces, al inicio para decir que hay herida, herida del ojo, lo que mira está afectado. ¿De dónde el golpe?, ¿quién habrá lanzado objeto sobre él? Otros golpes hay sobre los cuerpos, sobre el alma. Aquellos que mentó el poeta y preguntaba al que todo lo ve. Nada de respuesta, el vacío fue, nomás, parte del camino que debemos transitar ante esa ausencia, una despiadada ausencia que genera la base de aquello que forma el cuerpo existencial de la angustia del hombre, como un estar sin apoyo ante tamaño peso de enfrentar la demasía que es el universo que habitamos. Mas en este campo de tanta esquina desdoblada y diversa, vagamos a tientas, a oscuras vamos y por cualquiera de ellas puede y debe aposentarse la poesía; por esa razón no será república, ni congresos habrá, tampoco dueños y tal vez sí una larga calle por donde la memoria divague en recuperaciones, por donde sea posible que los sueños titilen

y la estructura molecular del lenguaje nos permita encontrar aquello que nos cobije, que ampare la sensibilidad herida y cree ámbitos de diversidad enriquecida. 

En este tipo de diversidades debemos incluir este libro, otros libros y toda la poética de Hugo, esa poética ceñida en el punto de partida, a lo que es una especie de irrenunciable enunciado: se debe escribir con entera libertad y en muchos poemas ese planteo interior, inicial se lleva a rajatablas, leemos:

Distracciones

Yo le decía a mi madre que el otoño tardaría en llegar,
que en los espejos su nombre era una luz infinita
y la sombra del patio,
un ojo de leopardo.

Escribí este poema mientras los aqueos saqueaban Troya
y Pizarro torturaba a Atahualpa.

Un puñal me buscaba en los restos del hombre que soñaba.

Me distrajo la luna,
las esquirlas del dolor del muerto,
la nieve sollozando en los halcones 
y el perfume de tu pelo suelto.


Terminado de leer el poema uno se da cuenta que el sentido lineal está alterado y el libre entendimiento corre el riesgo de desaparecer, mejor dicho ha desparecido, para bien. Entonces, ¿qué hay aquí?, nos preguntamos. La respuesta es clara, debe ser clara y evidente, esto es lo que la poesía nos deja hacer, esto es lo que nos permite el lenguaje poético: ingresar al campo de la entera libertad, aquí la expresión de la lengua no conoce censura alguna y, por ende, quien obtiene ganancia es la palabra que recorre libremente los espacios de la conciencia de quien escribe y de quien lee.
Y lo más extraño, lo mejor es que, más allá del quiebre del sentido, la comprensión aborda los sentidos y deja que el poema viaje con nosotros, asuma sus funciones en plenitud.

Imposible valorar lo que nos da un texto, pedantes seríamos si pretendiéramos agotar de una mirada el contenido. Ojo Astillado, es, en amplitud, un libro enriquecido por el trazado de cada uno de sus poemas, algunos de ellos dejan honda marca como Alimento, a mi parecer uno de los mejores del libro y del que leo solo un fragmento:


Mi alimento es la muerte que arrastra las cadenas de un barco que
se pierde más allá de la noche,
la oscura sed de piedra que tiñe  los lamentos de la madre que busca
la luz en los escombros de Hiroshima,
o se arranca los ojos en Bombay,
imagina el prostíbulo donde violan a Cristo
y los muros del búnker donde gime un poema. ...

Toda esta intensidad demarcada, línea a línea, reclama un escucha, un ojo, alguien que diga. Una respuesta se pide al alimento que señala el poema. La respuesta posible será enigma, encrucijada, para el necesario recorrido de lo que se abre, lo que aguarda y augura en la progresiva  figuración terrenal. Ante límites extremos nos exigimos, debemos cumplir el necesario tránsito con la esperanza de alcanzar, tal vez tocar, aunque sea un borde posible de los sentidos ateridos que ha disparado el poema, construcción que nos sume en actitud de arrobo, los sonidos nos dejan anhelantes, alertas, y que no se diluya el aura de esas voces para que no quedemos en torreones perdidos, balbucientes y ocaso.

Gracias, entonces, Hugo, por este Ojo Astillado.


Presentación de "Imágenes incompletas" de Alfonsina Clariá



Presentación Imágenes incompletas de Alfonsina Clariá



Por Juan Maldonado, 24 de octubre de 2013


Lo acuciante para quien lee: develar el sentido de las palabras a partir del contexto en que se fijan, se implantan en la página. De ese plano las líneas toman el rumbo limitado por las dos posibilidades más visibles: certeza, o lo contrario, incertidumbre. A nuestra interioridad ingresan los textos leídos buscando, a no dudar, la constante renovación de los sentidos y allí en el sitio prevalecen las acumulaciones, las palabras leídas en el decurso del tiempo, de los tiempos.

Que recibamos aquí este libro de Alfonsina Clariá, Imágenes incompletas, para que, desde nuestra lectura, acerquemos una mirada, una de las tantas miradas posibles y, a partir de ella, nuestro juicio deje salir algunas valoraciones sobre ese cuerpo-totalidad que es el libro, esto, digo, nos trae aquí y nos deja frente a Uds. con el ánimo abierto a dejarse llevar por el flujo de cada línea.

Imágenes incompletas, el libro, la dedicatoria, el poema inicial cruce y emblema de una totalidad mayor dispuesta en seis partes o secciones.

En el poema inicial leemos:

Aún escucho los latidos

de estos poemas

que pugnan por salir.

Me detengo a contemplarlos

a fin de percibir

la ley interna que los rige.



Están pidiendo luz, más luz

de la que puedo darles yo,

que apenas logro ver,

por las hendijas del lenguaje

imágenes incompletas.


Cuando Alfonsina nos acercó el libro dejó una expresión, en relación a los poemas, que no podía evitar decirla: “estos poemas son como aquello que se ve a la salida de los sueños”, dijo. Imágenes incompletas. Bien. ¿Por qué imágenes incompletas?, porque pareciera ser y bien lo saben los que estudian el despertar en relación a los sueños, pareciera, decimos, que al abrir los ojos algo huye, algo de lo que habíamos visto ya no está contenido en la memoria y el ojo no puede volver a mirar. Son imágenes que han huido para siempre, es la pérdida del despertar, quizás sea algo bueno para el ojo, para la conciencia. Quizás percibir una totalidad nos resultaría insoportable, tan vasto es el plano del universo que jamás puede ser apresado por un golpe de vista, por lo tanto, siempre, nuestro marco visual será abonado con imágenes incompletas. Está claro que muchos escritores han dejado testimonio de esto que tanto ha preocupado al hombre. Recordarán Uds. aquel poema de Borges que alude a un hombre con fantástica imaginación que pergeña la creación de un orbe único y perfecto, poblado de cuanto elemento pueda describirse. Cuando el hombre levanta los ojos al cielo para agradecer al creador tanta dicha, se da cuenta que ha olvidado de incluir la luna…, o, recordemos también aquel fantástico cuento de Wells: “Los ganadores de mañana”, cuya trama dibuja la historia de un barbado anciano que se le aparece a un jugador borracho, una fría noche londinense y le dice:

-Hola Knocker, tengo algo para vos. Knocker miró al desconocido sin interés y sólo atinó a preguntar. -¿qué puede tener Ud. de interés para mí? El anciano barbado respondió: -tengo el diario de mañana, vale 100 dólares. ¿El diario de mañana? Knocker, tomó el diario, pagó y el anciano desapareció.

A Knocker únicamente le interesaban las carreras de caballos, era un jugador empedernido. Leyó cuidadosamente los ganadores que figuraban en cada carrera, tomó nota, trazó su línea de acción y a la hora de costumbre tomó el tren rumbo al hipódromo. Por supuesto que alguna desconfianza en los resultados del diario tenía este jugador y en la primera carrera dividió las apuestas entre el caballo señalado en el diario y el de su preferencia. El ganador fue el caballo registrado en el diario. Así fue transcurriendo la jornada, entre carrera y carrera crecía la suma apostada por Knocker, como crecía la ingesta de whisky. Al final de la jornada, con una inmensa suma de dinero Knocker se dispuso a tomar el tren de regreso a casa. Durante el viaje quedó “dormido” sobre el asiento del tren. El jugador, por el frío, se había tapado el pecho con el diario en cuya portada podía leerse: “Víctima de un paro cardíaco falleció, ayer por la noche, el famoso jugador Martin Knocker”



Este hombre había podido leer en el periódico aquello que era de su interés, su propio rostro y nombre no los había podido ver, su imagen última del mundo tal vez, quizás, sería el caballo ganador de la última carrera y los sueños o la pulsión del juego se habrían desvanecido en sincronía con el latido de su corazón.



Cuando se termina de pensar en esto uno piensa que se alejó de este libro que aquí está, y no, leamos:

Cada hoja que cae

le impone al árbol

una desnudez desconocida.



A pura pérdida aprenden

los seres y cosas

a habitar el mundo.



Y el poema siguiente:

La gente en el bar

habla en voz alta,

levanta la copa y brinda.



Los cristales que chocan,

calcan el sonido de la risa.



Las cosas les dan alegría,

las tocan sin sentir

vértigo, ni dolor.



No ven que todo

tiembla y se despide.



Estamos entonces nuevamente en el universo de las imágenes incompletas, las que podemos ver y percibir. En ese algo que alcanzamos a percibir están las palabras de la lengua que nos ofrecen un mundo donde nos ubicamos gracias a los significados que atribuimos a los sonidos.

Con estos sonidos, con estas palabras venidas de los sueños, se construye esta especie de artesanía pronominal que apunta y dispara a los ojos del lector para que, éste, trate de tomar la mayor cantidad de sentidos en cada uno de los textos. Para eso el desvelo, la escritura, el partir de un sueño y la búsqueda de llegar a otros, con el bagaje a cuestas y la mirada turbia.

Nada más saber que el hombre ha transitado largos siglos buscando aclararse los sentidos, muchas veces a tientas, con manos enllagadas, balbuciente y hermoso, ha tropezado mil veces buscando aquella luz, la que siempre hace falta para nuestros caminos.

Toda palabra, entonces, puede ser horizonte, todo poema, acaso, construcción del alivio.

Compartimos este libro, nuevo sostén de Alfonsina Imágenes incompletas, cada una de sus líneas, cada poema dice, a su modo, lo suyo lo que le pertenece a cada uno de estos leves artificios con que se construyen los sentidos de la lengua escrita, un modo del ser, un modo de ser tomado y que, en este caso , Alfonsina Clariá se ha dejado llevar por ese cauce de la expresión poética y en este, su cuarto libro, donde quizá haya más diversidad, aparente, pero en verdad arriesgo a pensar que lo, diverso es la necesaria búsqueda del propio tono, la propia voz de aquello que se va perfilando, ganando espacios en su interioridad y dan la posibilidad de prever, que un movimiento se producirá en el conjunto y veremos un modo expresivo algo distinto, pues de eso se trata el proceso de escritura: prueba y ensayo. Aquí la intensidad de sus destellos.



Muchas gracias.




miércoles, 9 de octubre de 2013

Re-presentación de "Carte de un monde paralléle" en Neuquén


Presentación Sobre espectros, autoexilio y narrativa. La máquina auto biográfica del siglo XX.



Presentación "blasfemo" y "Ojo Astillado"


Sobre fragmentario de Sara Sedler por José Kozer

Sobre fragmentario de Sara Sedler

Fragmentario, como implica la palabra, es la fragmentación, de qué: es la fragmentación del momento histórico volcado en balbuceo de palabras, las palabras que ya no pueden otorgar carta blanca ni módulo simbólico ni vital ni esclarecedor, ya que todo se mueve en descomposición, entre fragmentos, astillas astrales, e invade un momento histórico que quizás en el fondo refleja la invasión ab ovo, la original, donde todo, Todo, es fragmentación y disolución y orden caótico o caos que atónito procura un orden tal vez inexistente, Sedler entonces acoge intrépida y verdaderamente esa doble realidad, la desrealiza, la reorganiza, y el reelaborado contiene más que una visión personal, una real visión trascendente, por así decir, ya que incluso en trascendencia todo es desrealización, según anota Fragmentario, al romperse, al hacerse mil y una astillas, y de las astillas verse volverse de revés polvo que es o gris polvareda, y es en otro lado deshila y en su extremo dionisos, por poner un ejemplo en no tiene página a la que referirse, mejor.

compinches de Beatriz Sara Sedler, Paul Celan James Joyce, los tres honran, desde la honradez.
José Kozer

viernes, 27 de septiembre de 2013

El envés de las sombras de Mario Argüello - palabras de Graciela Ferrero

El envés de las sombras de Mario Argüello 
– 9 de agosto de 2013 – 
Salón de Actos del Colegio Nacional de Monserrat



Presentación de Graciela Ferrero 

Mario A. no necesita ser presentado entre estas paredes centenarias. Esto justifica este curriculum–cordis que voy a intentar. Compartimos tardes y noches inolvidables en la casona de la calle Salta al 50 donde ese corazón abierto a todos los poetas que fue Alberto Díaz Bagú, dirigía la mítica revista Laurel. Entonces descubrí al gran poeta de El viento en las uvas y al intérprete de poesía ajena a través de su ensayo sobre Alejandro Nicotra La poesía como lugar de reunión.

Vinieron después los años de renacer político en el país cuando ser “homo politicus” era sinónimo estricto de ser “homo democraticus” y lo conocí en la militancia, cada uno en partidos diferentes: Mario dirigió por esos años desde el 84 al 87 la revista Socialista Argentina.

Tuvimos y tenemos muchos amigos comunes en la entonces Escuela de Lenguas.

Fue el profesor de mis hijos en este Colegio, de lo que me honro, como colega y como madre. Preparando sus ingresos respectivos conocí sus cuentos de aparecidos y fantasmas del Monse. Lo consideré –como madre- lectura peligrosa para uno de estos sujetos, digo mi hijo, que trataría de comprobar la veracidad de lo relatado por lo menos, durante los años primeros de su estancia en el Colegio, mientras durara su última niñez, que había sido tortuosa en punto a disciplina. La tortuosidad duró y Mario supo de ello. Fue su profesor de Literatura Española ( “Soy clásico o romántico”?)

Pero hoy vengo a hablar de otro Mario Argüello, el novelista. El creador de este mundo contenido en El envés de las sombras.

Si es cierto que el escritorio de un novelista es una fábrica de ficciones, no lo es menos que en cada una de esas ficciones va hilando sus entrañas. Y digo esto, porque tal vez haya mucho de vida personal disimulada –ficcionalizada- en esta historia de amor que aquí se cuenta. Pero tengo que introducir matices en esta afirmación.

No solo amor entre hombre y mujer, sino amor a una ciudad (Córdoba) que se ha vivido de veras. Y la ciudad verdadera es puerta que hay que atravesar, pero ante la cual tarde o temprano hay que depositar una ofrenda. Esta novela es la ofrenda no sé si final, pero sí entera, de su autor a una Córdoba de luces y de sombras, de humilladeros y de alturas.

El otro matiz que propongo (al menos en mi itinerario de lectura) es el que sigue: la historia de amor entre hombre y mujer de la que la novela trata, debiera entenderse no como la anécdota de los amores de Clelia, es decir, la ingenua transposición al lenguaje de sus vivencias y emociones sicológicas, cognitivas, eróticas, históricamente fechadas, sino como la historia de una manera de amar o, mejor, el relato de una intimidad.
Clelia, la protagonista incuestionable del mundo creado, es una mujer extraña, opta por mantenerse en las sombras pudiendo haber optado por la luz. Los dos amores que marcan y a quienes consagra su vida, son hombres casados.

La clave para no dejarse atrapar por esta anécdota, que surge de una lectura superficial o por lo menos primaria, radica en atender al proceso de construcción de este personaje central.

Su voluntaria decisión de permanecer en las sombras no ha de entenderse como una irresponsable instalación en la clandestinidad, o una apología del amor libre, sino en este caso, de un ejercicio de dignidad. No es lo malvado y sigiloso que pretende alterar el orden del mundo. No es siquiera un enigma o un misterio, es un secreto en sentido etimológico (scernere significa “poner aparte”).

Relato de intimidad, he dicho. Así plantea José Luis Aranguren, el filósofo español, la cuestión:

¿Qué es pues, la intimidad? Es ante todo vida interior, relación intrapersonal, reflexión sobre los propios sentimientos, conciencia moral y gnoseológica, y también autonarración y autointepretación, contarse a sí mismo la propia vida y la subjetividad.
Castilla del Pino advierte que lo que realmente existe son tres espacios (contextos o situaciones) diferenciados, en los que el hombre realiza tres tipos de actuaciones o conductas: públicas, privadas e íntimas. Las distintas actuaciones no se califican por sí mismas sino por la índole del escenario en que se desarrollan. Lo que las diferencia, según este autor, es que las públicas son necesariamente observables, las privadas pueden ser observables y las íntimas son inobservables.

Pero no hay que confundir intimidad con ensimismamiento o solipsismo. Lo que en este texto se construye es la dimensión social e histórica (situada) de la intimidad. Esos tres espacios tan bien planteados, se definen frente a la sociedad. Lo que callamos, nuestros secretos, el lugar de la culpa o el deseo más radical, se modela frente a la sociedad, porque sólo ante ella podemos definir lo que deseamos y lo que debemos callar.

El instinto, en el ser humano, es inseparable del erotismo, que supone siempre un discurso social. Y como el instinto, todo lo demás: la forma con la que nos relacionamos con nuestro cuerpo, con nuestras mezquindades, con nuestras ambiciones, con nuestras culpas.

Todo está condicionado por lo social, pero no todo debe socializarse, ni verbalizarse ni proclamarse en la plaza pública. La plaza, la casa, la alcoba. Tres recintos simbólicos de lo humano. La casa de Quilino, la pensión de estudiante, el departamento de la calle Deán Funes de sus encuentros amorosos.

El ejercicio de dignidad de Clelia se tematiza en la novela como un trabajo sobre sí que consiste en el cultivo, la lectura y la interpretación de su intimidad como si de un texto se tratara. Y de nuevo, no hay que confundir la corteza, con el meollo de la cuestión: he dicho de Clelia que es una mujer “extraña”, sabe de su vida más de lo que dice, tiene premoniciones, presagios: todo lo que hoy se conoce como precogniciones. Me atrevo a decir que esto es sólo un decir metafórico, una manera literaria de aludir al arte y disciplina del autoconocimiento.

Así comienza la novela:

“Ella lo supo desde siempre”, decía la señora de suéter amarillo cuando Carmen llegaba. Carmen la oyó al entrar.

Este “saber de sí del personaje” está muy cuidadosamente trabajado por el narrador, quien pierde su carácter omnisciente frente a Clelia en este aspecto: la deja hablar en forma directa con aquellos a quienes hace sus ocasionales confidencias, pero nunca da datos al lector sobre la razón de este “saber”.

Sólo muy avanzado el texto la misma Clelia establece una relación entre sus presagios y su corporalidad. (pag. 130)

Clelia es extraña, pero no por estas “oscuridades” sino por ser el símbolo de la intimidad de la persona. El personaje construido, Clelia, es el secretario de sí mismo.

El envés de las sombras no es sólo la luz, sino la posibilidad de otra forma menos estentórea de comunicarse y vocinglera de vivir:

La vida requiere un equilibrio, el arte de hacer piruetas, de abrazarnos al mundo bajo la palmera de nuestra propia intimidad… tal vez sea posible al fin una modesta utopía, el diálogo, la tribuna común, la imperiosa necesidad de construir una alcoba libre, una casa abierta y una plaza compartida.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Sobre “Eni Furtado no ha dejado de correr” de Alicia Kozameh.

Un grito, un alarido y una denuncia convertidos en novela. 



En el Ciudadano Web

Por Juan Aguzzi.- Texto encarnizado y exasperado, “Eni Furtado no ha dejado de correr” describe la búsqueda y el encuentro de dos amigas luego de que la marca cruenta de un abuso sexual perpetrado por el padre de una de ellas en la niñez sellara ese pasado.



Un particular descenso al infierno de los recuerdos, en una lucha por recuperar la memoria y darle un sentido a un presente ingrato justamente por esos recuerdos, es el eje sobre el que circula una historia de abuso infantil que quiebra la amistad de dos niñas y las hace pagar el alto precio de una distancia infranqueable. Hasta que una de ellas, la que supo del escarnio experimentado por su amiga, cuarenta años después decide, impulsada por una agónica nostalgia de ese pasado inconcluso y doloroso, habitar esa violencia a través de la búsqueda de esa mujer –otrora niña– y sellar el perpetuo agujero de esa ausencia. Estas líneas podrían definir la respiración de los nombres, paisajes, existencias que pueblan Eni Furtado no ha dejado de correr, la última novela publicada de Alicia Kozameh, expresión pura de un suceder anímico que busca restañar lo horrible y encontrar un rostro y un nombre que sustituyan el silencio. En la conversación que sigue Kozameh suelta buena parte de las motivaciones que le dictaron esta novela, y deja en claro que dotarse de un lenguaje tan incisivo como luminoso es necesario para transformar en escritura las desgarradoras escenas interiores.

—Si entendemos que toda novela es de algún modo autobiográfica, ¿en qué medida lo es “Eni Furtado…” y cuán doloroso fue hacerla?

—Por un lado toda palabra escrita es, como vos decís, de algún modo autobiográfica. O, al menos, el autor siempre deja células propias mezcladas con las de su escritura, porque él y su escritura son una sola cosa. Y, por el otro, planteado el tema desde la otra punta del hilo, nada en realidad llega a serlo totalmente, ni siquiera cuando alguien exprima su cerebro para intentar una extrema fidelidad a los hechos. En cuanto a Eni Furtado..: sí, la historia está relacionada con episodios que fueron parte de mi niñez, pero como me llegó a través de relatos no tan detallados muy posteriores a los hechos la reconstrucción fue tejida con hilos muy ficcionales. Las características de algunos personajes son más cercanas a las reales que las de otros. Y sobre el dolor: no podía dejar de estar allí, con cada punto del tejido. Y aunque, en general, la historia no tuviera nada que ver con la propia vida del autor, el dolor no está tanto en la historia misma (aunque lo esté) como en el proceso de transformación, de conversión, del autor en sus personajes, que un relato verosímil siempre requiere.

—¿Cuánto hace que tenías esta novela, o la idea, en tu cabeza?; ¿cuánto tardaste en escribirla?

—La idea, la necesidad de escribir esa idea, surgió en el momento en que conocí la primera versión de la historia. Eso fue en 1990. Pero sólo tenía esa única versión, y en ese momento estaba escribiendo otros textos. Antes que nada me dediqué a encontrar a aquella niña, en ese momento ya mujer mayor, a la cual Eni relativamente representa, y eso tomó muchos años, entre mis propios temores y ansiedades y el tiempo real que llevan esas búsquedas. Y todo eso es parte del proceso de la escritura. Las primeras notas del primer cuaderno son del 7 de mayo del 2007. La terminé en el 2010.

—¿Cómo sería esa idea que trabajás en esta novela acerca de que aun los recuerdos sobre lo más doloroso es algo que se guarda celosamente?

—A veces el olvido es simplemente un modo de negar una realidad vivida, una realidad oscura, dañina, y se la niega como mecanismo de defensa para evitar que nos siga dañando. Pero hay mecanismos de defensa muy tramposos. Uno olvida para protegerse, supuestamente, pero ese olvido puede dirigirte otra vez hacia la inadvertencia, hacia la distracción, y hacia la misma realidad oscura que te tocó vivir, en una experiencia repetitiva. Por otra parte, ¿qué hay más propio que los propios secretos? Y si la construcción de una vida se lleva a cabo con las caricias y con los golpes recibidos desde los inicios, con las marcas de la cotidianidad y con los agujeros dejados por lo que nos ha sido quitado y con las intermitentes alegrías o momentos de paz que nos han sido otorgados, me pregunto: el que menos tiene, ¿no guarda celosamente para sí lo poco que le queda, sea lo que sea? Si lo que alguien posee es más que nada golpes, si no hay prácticamente nada más que eso, si vive con la sensación de que, dejando escapar el recuerdo de esos golpes, se vacía de contenido, se convierte en un hueco en vida, ¿no va a aferrarse a eso que posee, la experiencia que le es propia? ¿No va a tratar de evitar que lo despojen de más y más una y otra vez?

—¿Qué lugar dirías que tiene la memoria en la ficción?

—De hecho la memoria representa el acopio de datos, de imágenes, que nos informan sobre aspectos de la existencia. Sin memoria no hay nada, no hay aprendizaje, no hay arte, no hay lucha, no hay vida. La memoria alimenta la ficción de la misma manera que nutre la existencia. El planteo propone un círculo cerrado, o una especie de cinta de Moebius, en el que la primera mitad engarza con la otra: ¿qué papel juega la ficción en la memoria? La ficción produce memoria. Garantiza que se mantenga la memoria viva. No hay una sin la otra.

—Hay una conciencia en Eni (el personaje) acerca del mal social que produjo la dictadura militar; ¿creés que personas como ella adquieren esa conciencia a través de los años?

—Eni va adquiriendo de a poquito esa conciencia. Va abriendo de a poco los ojos. Va pasando del conocido “algo habrás hecho” a la crítica dirigida a los militares. Pero yo creo que, más que nada, ha tenido miedo de decir lo que pensaba o de actuar de manera que se pudiera traslucir lo que realmente sentía o sabía. De pronto aparece Alcira, y creo que Alcira la libera interiormente, en ese sentido, y le resulta una vía hacia la posibilidad de abandonar la ambigüedad (típica del miedo, de los pequeños –o no tan pequeños pero sí constantes– temores), la justificación de conductas no claras, y la confusión en las ideas, producto de los años de represión. Y sí, la gente adquiere conciencia a través del tiempo. De otro modo ninguna comprensión sería posible, ningún desarrollo lo sería, ningún cambio, ninguna revolución. Aprendemos a observar, a sacar conclusiones, no necesariamente guiados por nuestras necesidades individuales sino de manera más objetiva y racional, a veces a pesar de uno mismo y de los propios sentimientos e inclinaciones.

—Si bien en términos argumentales “Eni…” no es una novela política, sí lo es en cuanto a que el asunto nunca se deja de lado, es decir, a través de la militancia de Alcira, de los comentarios sociales de los sectores medios, de los de la propia Eni…¿se diría que es algo que no podés soslayar?

—Además de que la idea de que algo pueda ser “apolítico” en la práctica no tiene sentido (porque si no estamos parados en esta baldosa estamos parados en esa otra, y si ocupamos un cierto espacio ese espacio nos define), la realidad es que en nuestro país la política es algo que siempre penetró la vida de todos los sectores sociales, siempre ha sido un factor de mucho interés y un motivo de opinión, o de acción. Es posible que yo no pueda soslayarla en mis libros, y está presente explícita o metafóricamente, y para eso hay una razón: y es que la política es un aspecto indispensable en la vida de todos, en la vida pública y en la vida cotidiana. Resultaría muy artificial que un grupo de personas que se expresan acerca de cosas que les han sucedido durante cuatro décadas en Argentina evitaran mencionar episodios que fueron obvios y que invadieron la cotidianidad de todos los habitantes del país. En algún lugar tiene que aparecer, aunque sea como parte del contexto en que se desarrolla la historia, o en el pensamiento de los personajes. Además hay otra cosa: esta novela es un grito, un alarido, una denuncia. El abuso de un mayor sobre un niño es siempre una actitud política, es la imposición de poder por parte del más fuerte, es el ejercicio del sometimiento y de la humillación sobre el más débil, sobre el más vulnerable. Y una denuncia es siempre la manifestación de una posición política.

—¿Creés que se escribe sobre una sola cosa, que hay un solo tema a lo largo de la obra? ¿Cúal sería el tuyo?

—Sí, creo que, al fin y al cabo, se escribe sobre un tema esencial para uno. Cada libro, cada poema, cada párrafo, es una ramificación más generada en el tronco del mismo árbol. Creo que el que escribe porque no tiene alternativas, porque no logra encarar la vida de otra manera, y no necesariamente por el placer de escribir, atraviesa la escritura partiendo de un núcleo central, que son sus obsesiones. El primer concepto que me surge frente a tu pregunta es el de injusticia (y llega como un golpe), y consecuentemente el de justicia (que llega como eterna búsqueda). Es lo que queda prendido a la mente de un niño muy chico (y que después lo va a perseguir por el resto de su vida, y esa persecución va a determinar lo que pueda venir, o sea que se convierte en esencial) que por primera vez ve un bultito oscuro moviéndose confusamente en medio de la calle, que pregunta qué es, y al que le contestan que es solamente un gatito recién nacido que alguien trató de matar y no terminó bien su trabajo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Comentario Revista Damasco sobre Las Reliquias de D. Bentivegna



Unas lengua sin distracciones

Por Pablo Milani

Las reliquias
Diego Bentivegna
Alción Editora
68 páginas

Son palabras sin descuido que incesantemente deja deslizar Diego Bentivegna (Buenos Aires, 1973) en su poemario delicadamente llamado Las reliquias. Implícitamente dedicado a sus abuelos, recorre la primitiva tierra de sus mayores alegando sus osadías “en un espacio sin nombre más allá de la palabra”. Describe los albores desde una mirada desarmada y sustanciosa. Debacle entre el pasado que vuelve a ser presente desde otro lugar. No es un recorrido airoso, más bien es un “rumor que persiste” y del cual no se va a desprender en todo el libro. La Italia de principios del siglo XX no es un lugar cualquiera, es un campo que quiere conocer a través de sus ancestros. Bentivegna parece diagramar su propio laberinto, “es el muchacho que ahora mira fijo desde el ícono”. Leer Las reliquias propone un viaje sobre el modo en que lo testimonial implica una lectura marcada por un espacio biográfico propio del autor. Acerca al lector a creer en aquellos sucesos que fueron imaginados desde un lugar restringido y no menos real. Esa tierra manuscrita de la que habla Bentivegna es un collage que asume sus propios riesgos nutridos de una lengua que avanza sin distraerse. Encamina “algo que tiembla” en una afinada premonición que nuca llega a ser descubierta, pero que ruega ser particularmente justa e incipiente. Instala versos sobre un valle donde dialoga con el pasado y al mismo tiempo, antecede un tiempo para la reflexión, “en medio de la noche me abandonan / y soy apenas nada”. El libro se mueve en su propia lengua. Hospeda una incidencia metafórica en sus palabras que dejan entrever un estallido propio. Se posa frente a la Primera Guerra Mundial rescatando relatos de un combate sin tregua que parece liberarse adentrándose en ella. “La muerte en la trinchera era / un simple resultado de la técnica / su mera consecuencia”. La revelación en Las reliquias se advierte desde un descubrimiento hacia atrás sumergido en un misterio que transcurre silencioso sobre tierra firme.

Respuestas para El signo y la hiedra de Emmanuel Bisset- por Natalia Lorio



por Natalia Lorio – Gabriela Milone


(… en el inicio, si es que lo hubiera, hay una afirmación: “hay que saber contestar en el vacío. Eso son los libros” (Quignard) … y el juego de este diálogo consistió en responder a preguntas informuladas…)

G - pues claro, como si contestar no fuera, antes bien, entrar al juego de la “mano atrapada” “llevada al extremo” (Biset): “No hay que contestarles a los otros sino creando” (Quignard) … contestar, testar, atestiguar, con-vocar la voz de las voces, pedir la palabra que no pertenece … pero también atestar, plagar, saturar de testamentos, de tesituras: contestar es también con-venir, con-firmar, firmar con lo que viene, con lo que transita y deja marcas, huellas … testar: con-testar, pro-testar, de-testar, obs-testar … obs-tinar: saltando en la arena de los sonidos, en la ceniza de las palabras, el tino que se obstina en la mano atrapada es el de la lectura que se inventa en el ostinato rigore de su ejecución.

N- Lectura, escritura, pensamiento suponen tiempo, necesitan del tiempo. Franz Rosenzweig nos ayuda “Necesitar tiempo significa: no poder anticipar nada, tener que esperarlo todo, depender del otro para lo más propio”. La lectura como un modo de habitar el tiempo, trama de tiempo, como una manera de estar y no estar en los textos: “rigurosa paciencia que leyendo inventa”, dice Biset. ¿Acaso una tesaurización de la lectura? O mejor, ¿qué se revela como tesoro en la lectura, cuál su secreto tesoro? Rastros, huellas: ¿tesoro de la vida solitaria?.

“En chino Leer y Solo son homófonos.(…) Al abrir un libro, él abría su puerta a los muertos y los recibía. Ya no sabía si seguía estando sobre la tierra” (Quignard).

G- sí, pero no obstante, contestar, destinar, obstinar: todo hace referencia a una manera no de ser sino de estar con lo convocado, destinado obstinadamente a contestar (“experiencia que, como la lectura, como la escritura, es una forma de habitar”- Biset) … destinar también evoca a des(a)tinar y a atinar, rara voz que alguna vez pareció nombrar la acción de “dar en el blanco” (de la onomatopeya “tin”, sonido que golpea el blanco, como si se pudiera golpear el blanco) … dar en el centro que es un ausente, o mejor, un en ausencia, blanco atrapado entre los círculos que sostienen su sustracción … dar en el blanco, atinar, destinar, obstinar el tiro en el tino de una palabra que trepa así como hiedra, hiedra que cubre obstinadamente, atinadamente los signos … leer como hacer puntería, pero sabiendo que atinar también es un insinuar, como un acertar a tiento, a tacto, tocar, pero tocar a oscuras, tantear, respirar el aliento que el otro suelta, rozar “el ritmo de una respiración” …. o como dice el poeta: ciego que apuntas y atinas,/ caduco dios, y rapaz (Góngora)


N- Sin embargo, un libro no se sitúa en la soledad. Sí en un vacío. Un vacío abierto por otros. “El fundamento de un pensamiento es el pensamiento de otro” (Bataille), la imagen del pensamiento es la del ladrillo cimentado en la pared. El simulacro del pensamiento es ver “un ladrillo libre y no el precio que le cuesta esa apariencia de libertad: (…) los terrenos baldíos y los amontonamientos de detritus”. La imagen del pensamiento como ladrillo, pared, baldíos, escombros. Y en el ladrillo las grietas, sobre la pared la hiedra, en el baldío lo fecundo, en el detritus lo que resta.

En el desierto el deseo.

En el tiempo lo que está por-venir.

En la soledad los otros.

La escritura interrumpiendo la presencia inocente del lenguaje, su origen absoluto.



G- pero cuando se dice que “el vacío reside en la escritura como su única posibilidad” (Biset), no hay respuestas sino más preguntas, o acaso, una insuperable, imponderable pregunta: ¿hay escritura en el vacío?, ¿cómo es que el vacío reside en la escritura?, ¿cómo es que esto (vacío-escritura-vacío) se enuncia como posibilidad? Si la hiedra trepa, si el signo prolifera, si la hiedra es el signo y el signo, la hiedra: ¿cómo escribir en el vacío, o más aún, cómo suponer el vacío en la escritura?: ¿acaso no habría más que saber escribir la plena señal de todo abandono?

N- “Leer es construir el ritmo de una respiración” dice Emmanuel Biset. Aliento de tiempo, tono del Tempus, tempestas. Punto móvil de encuentro entre elementos distintos. Corte, hiato, salto. Construir la cadencia de una respiración bajo una consigna, “Llevar el propio tiempo al pensamiento”. Pero ¿qué tiempo se lleva al pensamiento?, ¿el tiempo de quien lee, de quien escribe? ¿el tiempo de una época, el tiempo lógico de la decisión como salto, como locura? ¿O se trata acaso de llevar al pensamiento el tiempo no-presente, nunca presente, hacer diferir el tiempo y el pensamiento, allí donde la incomodidad con el presente, con la soledad, con los otros que no se resuelve, se habita?

G- claro, pero qué hacer con las cenizas más que vestirse de ellas, con ellas (mujeres y hombres veterotestamentarios se cubrían de cenizas en signo de ofrenda sacrificial) … saberse tiznado por los restos de lo que falta, arrojando lo que ha ardido al cuerpo de la letra que tizna los nombres. “En el fuego, la palabra es ceniza de carbón” (Jabés 386): en la lengua, las cenizas son palabras ardidas, labios lacerados por una brasa puesta en la boca (hay una consagración profética por la brasa ardiendo que toca la boca: de ahí, las palabras no serán más que cenizas de un dios que, habiendo hecho pegar la lengua al paladar, la suelta en el fuego, dejándola en las cenizas, ésas que hablan por la boca prendida en la flor de sus labios).

N- Porque la escritura es, desde Derrida la destrucción de la presencia plena, hay, en estos Escritos sobre Derrida, el trazado de cartografías posibles para pensar la política, la animalidad, la incondicionalidad de la crítica, el salto de locura que implica cualquier decisión. Hay la inscripción de un recorrido singular de las articulaciones, los desplazamientos de un pensamiento que es signo y hiedra. Hay la atención, la detención y la delicadeza de rozar lo imposible. No lo lleno, sino los intersticios. Intersticios para pensar el “Hay lo imposible de la democracia por venir”… En el desierto el deseo, la pregunta por cómo vivir juntos, por el enigma del lazo de un estar juntos, de una política por venir. Más aún, la justicia como la experiencia de lo imposible, el hay de la justicia, incluso si ésta no existe

Una respiración que se hace tono, que sondea el tono de nuestro tiempo, donde la lectura se decide escritura. Habitar el tiempo desde la “espera sin horizonte de espera” es desde aquí no clausurar los hiatos: justicia como hospitalidad sin reserva hacia el acontecimiento.

G- pues claro que no descubrimos el eco, que no descuidamos el eco, que vivimos en el eco (Jabés) … pues claro que evocamos el resonar de los signos, el trepar de la hiedra … pues claro que no hay nada claro, que en el eco se confunden y redundan las voces, que en la hiedra no se reconocen la proveniencia de las ramas, y menos aún, la superficie que cubre, irreconocible, enmarañada … en la escritura, los signos tal como la hiedra … en la vida (pero qué decimos cuando decimos “vida”), la hiedra tal como los signos … y la hiedra como los signos, o los signos como la hiedra mostrando (pero qué decimos cuando decimos “mostrar”) un mismo camino sin camino, una aporía. La hiedra es signo de fidelidad porque cubre, se entremezcla, no sabe no estar junto a … sin embargo, como trepa y repta, también asfixia y corroe … entonces: no hay fidelidad sin infidelidad, ni acaso sin fin (Sé fiel hasta la muerte, se dice en el Apocalipsis 2, 10 ). La hiedra saca el aire, enferma; pero también lo devuelve, cura. He aquí el camino sin camino. He aquí la hiedra del signo y el signo de la hiedra.

N- Pero no se trata de un nombre. El nombre Derrida. Si se muestra es para borrarse. Un nombre que se borra, una huella trazada en el espacio del texto, que se hace espacio. Hiedra sobre el nombre. Un trazado del movimiento del pensamiento que piensa las cenizas, el silencio, el desierto, la justicia. A la perennidad de la hiedra le corresponde la hipérbole de la responsabilidad: “Se responde cuando no se sabe qué responder”, es esté el horizonte de nuestra acción, de nuestro pensamiento.

¿Qué hacer con las cenizas, cómo habitar un mundo sin dioses? Es a lo indecidible a lo que debe entregarse la decisión imposible, salto sin garantías ni condiciones. Una manera de habitar esas preguntas bajo el signo de la incondicionalidad que excede cualquier cálculo: “la deconstrucción como la crítica incondicional de lo condicional”.

G- no, no: no “leemos”… salvo si, o sólo si, entendemos por leer esa extraña manera de sabernos suspendidos en la indecisión de sus múltiples sentidos, vale decir, si nos sabemos en la zona del legere como un recoger y un escoger, que asimismo hace legión (esto es, escoger como reclutar, hacer legiones: y aquí el eco con el “mi nombre es Legión” del demonio evangélico (Lucas 8:30) es demasiado obvio para ser atendido)… por eso, sigamos: leer, escoger, reclutar, legión, pero también ligar, liar, atar, hacer el nudo del ombligo cortado que dice rotundamente fin a la pertenencia al cuerpo de la madre… leer como hacer una liga, como usar una cinta de seda para sujetar, leer como un hacer ligadura, pero también un torcimiento, vale decir, leer como un coligare, coligadura, coligamento, y de ahí también ob-ligamiento, ob-ligación, legar, legado, legadura, ley: “Come, bebe, devora mi letra, pórtala, transpórtala en ti, como la ley de una escritura que devino tu cuerpo: la escritura en si”(Derrida, Che cos´è la poesia?) … ¿entonces cómo leer si no leemos, esto es, si no ligamos y desligamos juntamente, si no escogemos y obligamos al mismo tiempo, si no leemos y escribimos contestando con-juntamente al signo y a la hiedra; en definitiva, si no hacemos funcionar, por una sola vez, esa extraña ley-ligadura particular donde la letra se hace cuerpo en la escritura?

N-. Es que si de algún modo cabe responder al “¿Leemos?” que resuena en el libro es para que resuene otra pregunta, aquella de la potencia de la lectura. Potencia que aquí, acaso, valga nombrar anfibológicamente, como la delicadeza de un habitar que no tiene nombre.

G- ¿silencio? Sí, pero a fuerza de la larga andadura de las palabras, y de tocar(se) con los labios: “¿han visto alguna vez unos labios ciegos?” (Jabés)