miércoles, 9 de junio de 2010

Bote negro
de
Paulina Vinderman





Georges Dumézil, el estudioso de la mitología indoeuropea, escribió un precioso libro Nostradamus. Sócrates donde ensayó la posibilidad de acercarse al conocimiento en estado de Inocencia. Los temas centrales del libro, dividido en dos partes, son: el estudio de la más famosa cuarteta de Nostradamus, la 20 de la novena centuria y las palabras finales del maestro griego, convertidas, hasta hoy, en un enigma.


Paulina Vinderman abre su Bote negro con palabras de Lispector.

Leemos esas palabras:
“Incluso en Camus ese amor por el heroísmmo.¿No hay otra forma? No, incluso comprender ya es un heroísmo. ¿Entonces no podemos simplemente abrir una puerta y mirar?"

Allí concluye la cita de Lispector que me permitió, entre otras, esta primera conexión con el libro de Dumézil, quien con fervor de discípulo parte en búsqueda del que consideraba un especialista en Nostradamus: Monsieur Espopondie, esto sucedía entre los años 1922 y 1925. Los más interesante de las eruditas conversaciones Espopondie/Dumézil es el tono de admiración y respeto entre maestro y discípulo, las largas y arduas jornadas, entre merienda y merienda, transcurridas en aquellas visitas de Dumézil al maestro; tardes de largas discusiones donde se internaban por el oscuro lenguaje de Nostradamus, buscando develar secretos y sentidos en las extrañas voces de aquella famosísima cuarteta, escrita dos siglos y medio antes -que otro famoso hecho sucediera- y cómo esas cuatro líneas habían tocado la realidad de 1791, de manera tan exacta, dando cuenta de la detención y, luego, el final de la vida de Luis XVI, detenido en Varennes.

Dumézil/Espopondie buscaban desmadejar la cuarteta 20 tal si fuera una partida de ajedrez. En ello veo/ leo la relación con las palabras de Lispector. Sabemos que el ajedrez es un juego de sacrificios, básicamente, y el intento de comprensión de aquel texto exigía el mayor de los sacrificios lo cual exige, sin dudas, la mayor disponibilidad. Nos preguntamos, ahora, aquí, ¿por qué Paulina abrió su libro con esta cita? ¿Qué le dicen a ella las palabras de Lispector?, ¿qué a nosotros luego de leer su libro? ¿Y qué relación guardan con Bote negro?


En el poema 1, Vinderman dice, en los primeros dos versos:


Es un atardecer como cualquier otro
y no puedo sobornar el mundo.

Fijemos la atención en el verbo sobornar y veremos que, solamente hablar de esta palabra, su presencia y significado en ése lugar, nos llevaría a compartir más de una taza de té.

Claro uno trata de penetrar la totalidad del libro, tarea más que ardua, y comprende que los 35 textos que lo integran, son una vasta extensión compositiva que rodea la entera vida de quien escribe y, a su vez, la cabal mostración de un ejercicio en el que la sensibilidad de la autora es llevada, en casi todo su recorrido, mucho más por la fuerza melodiosa de la lengua que por el ritmo que podría imponer otro perfil a esta, la poesía de Paulina Vinderman. Lugones nos decía que el ritmo era el elemento masculino y la melodía lo femenino, aquí no tenemos duda qué elemento predomina. Toda la poesía que he leído de Paulina está construida, digámoslo así, desde un registro extremo donde la sensibilidad acusa el dolor y, a la vez, siente la necesidad de rechazarlo y sobreponerse; exalta la grandiosidad y la pequeñez en igualdad, con el mismo intenso lenguaje.

Leemos en el poema 8:

También en este poema va a anochecer.
Debo cazar rápido las palabras: mundo, árbol, lágrima,
Va a anochecer y aún no he comprendido el día.


Esperaba al mundo, lo esperaba todo
(un puerto amplio de aguas oscuras y brillantes)
Y allí estaban las palabras para darme aire:
Noche, duelo, frío.


Y el poema continua pero ya leímos en el segundo verso la manera de enumerar las dimensiones: mundo, árbol, lágrima. Y el cierre de estos últimos cuatro versos: Noche, duelo, frío.


Estas palabras señaladas son como totalidades precisas, palabras que han sido tomadas de un conjunto amplísimo y colocadas de manera delicadas en el lugar exacto, allí donde su efecto es de una contundencia indubitable.

La poesía de Paulina es como un complejo tejido que nos permite entrever y exaltar aquello que sabemos y a la vez desconocemos, como si las voces surgieran de los sueños y, al despertar, supiéramos que todos los nombres han respondido al suave llamado de la noche. Esa noche que, sabemos, es subida, caída, terror, tiniebla y luz: lugar donde moran desconocidos dioses e intemporales fantasmas, de allí venimos y somos, quizás, un designio formado por las noches de todos los tiempos.

Sigo con las conexiones de las palabras de Lispector. En una bellísima novela de Yukio Mishima, El marinero que perdió la gracia del mar, el autor dedica todo el esfuerzo del libro en acercarnos al conflicto de un adolescente que espía, por el ojo de la cerradura, los amoríos de su madre con un amante que, por supuesto, no es su padre. Vemos que la clave del dolor de ese personaje está dicha en el título del libro. La pérdida de la gracia es uno de los mayores castigos que puede sufrir ése adolescente. Ganar la gracia del mar habría consistido, entonces, en pasar por alto el ojo de aquella cerradura, entregar su mirada al mar, es decir, sacrificar la curiosidad inicial, esa curiosidad que deviene trampa y cuyo dolor es irremediable e impide ganar lejanías, espacios que nos hacen creer, por momentos, en la existencia de la eternidad.
Más tarde el propio Mishima, en otro libro, El sol y el acero, buscaría la conciliación de aquel dolor entrenando la mente y el cuerpo en proporcionados esfuerzos.




Volvemos a Vinderman, del poema 31, leemos los tres primeros versos:


Enjuagar la noche, escurrirla, que llegue
a mi mesa su secreto

¿De eso se trata?

Paulina sabe que “Enjuagar la noche...” es acción imposible, por eso surge en el poema como si fuera una invocación, pero además que vengan a su mesa los secretos de la noche es algo más desafiante aún, nos maravilla el pedido, pues, los secretos de la noche se disfrazan y pasean por nuestros sueños con espíritu libertario sin ánimo de obediencia alguna.


Bote negro es lo aprisionado por el preanuncio de lo definitivo, la voz que predomina pareciera hablarnos, por momentos, desde una ausencia que se dibuja en la hoja de papel sin que la mano del trazo exista, lo que existe es un tiempo, una reflexión constante que se rebela ante cualquier intrusión.

Continúo, ahora, con Dumézil. El capítulo dedicado a las últimas palabras de Sócrates. Aquí el autor nos dice que esperó casi 50 años para escribir lo que resultó ser casi una conclusión inesperada: Dumézil había conocido en un crucero a Charles Toussaint, hombre agnóstico pero capaz de todas las indulgencias frente al budismo y demás expresiones filosóficas afines. Nuestro autor y Toussaint compartían todas las comidas durante el crucero y, entre las tantas conversaciones pasando del Viaje de Bran a los Campos Elíseos del Fedón, terminaron hablando de la última jornada de Sócrates. Dumézil expresó aquello que desde la primera juventud lo había encantado: “Oh, Critón, debemos un gallo a Asclepio, ¡paga la deuda y no olvides!”, repitió las palabras en griego, en francés y percibió en los ojos de Toussaint la malicia de la interrogación. ¿Cómo entiende Ud. eso, parecía preguntar? Ingenuamente Dumézil declaró que Sócrates, viéndose liberado de esta enfermedad, curable sólo por la muerte, que es para un filósofo la vida en este mundo, confiaba a sus amigos el cuidado de atestiguar su reconocimiento al dios amo de las curaciones.
-No, no, amigo mío, dijo Toussaint, Sócrates no era budista. La vida para él, era un tiempo de pruebas y de penas, pero también de ocasiones y de goces. No un estado de enfermedad por cierto. Un gimnasio moral, más bien, donde el sabio se torna dueño de los músculos de su alma y que abandona luego sin pena, como un campeón se retira definitivamente, sin remordimientos. Aquella observación de Toussaint marcó para siempre el espíritu de Dumézil y lo llevó a convertirse en uno de los más rigurosos filólogos de su tiempo.



Cómo salir ahora de estas conexiones y entrar nuevamente a Bote negro, cómo decir que en este libro no está escrita la palabra bote en su interior y sin embargo la materialidad del sustantivo, que sólo juega libremente en el título, se constituye en elemento indispensable para transitar y viajar por cada poema, por cada palabra que lo constituye. Cómo dejar testimonio y agradecimiento por la circunstancia, por las asociaciones que siempre nos enriquecen y para dejar en claro que no ha sido capricho personal contar rápidamente el reflejo de otras historias, sino que me he dejado llevar por esos libros que, de modo sugestivo, se unen a éste de Paulina.

Termino, pues, con la lectura de los primeros cinco versos del poema 35 que cierra el libro :

Todo va hacia el invierno
y mi cielo sigue bordado por tu imaginación.
Qué tosco dios puede decirme que levante
mi cabeza y espíe por la cerradura en plena
oscuridad?

Juan Maldonado

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